Opinión

Castilla y León, reserva de sioux episcopales

Obispos de Castilla y León.
photo_camera Obispos de Castilla y León.

Cada semana, quizá cada columna, me sorprendo de la finura con la que los lectores interpretan este pálpito de la vida eclesial. Es cierto que hay quienes sacan el lanzallamas para incendiar los comentarios. Pero también se da quienes me envían mensajes, escriben correos, incluso comentan por la calle aspectos que superan con mucho la intención inicial de lo escrito.

Al fin y al cabo, el periodismo tiene mucho que ver con dar que hablar, crear comentarios.

Escribía yo en el pasado artículo sobre un “pero” al nombramiento del nuevo arzobispo de Valladolid, monseñor Luis Argüello.

Y un avezado interlocutor me hizo ver que había una raíz en este nombramiento que es similar a la que operó en el de monseñor Mario Iceta para Burgos, desviando el curso de la historia, al fin y al cabo, para hacer historia.

En psicología, y no solo forense, se denomina a ese fenómeno un patrón de actuación.

Inmediatamente pensé que Castilla y León se había convertido en una Reserva episcopal, al modo de las Reservas de los indios, territorios bajo una soberanía atemporal. Apeaderos, al fin y al cabo.

Se podría decir que ante los movimientos de futuro, convenía que, con razones fundadas, evidentemente, Castilla y León se transformara en destino de dos perfiles de arzobispos que tienen mucho en común, que ejercen incluso, de una forma u otra, un liderazgo para el pueblo fiel fuera de sus demarcaciones.

Pero lo importante ahora, al margen de las hipótesis, es que se produzca el renacer eclesial de Castilla y León, a imagen de lo que supusieron los tiempos de esperanza con la Iglesia samaritana de los pobres.

Esta Comunidad Autónoma tendrá ahora dos arzobispos, motores potentes de misión, que casi se me escapa escribir de nueva evangelización, capaces de alentar un siempre nuevo comienzo.

En una región en la que existe una evidente escasez de vocaciones al sacerdocio, en la que, pese a un suelo nutricio sociológicamente católico, la secularización se ha disparado, en la que el patrimonio está prácticamente desamortizado, en la que hay una evidente falta de población, en la que los desequilibrios territoriales y socio-geográficos son alarmantes, en la que hasta la pérdida de la religiosidad se vive con reciedumbre, en la que no solo basta el prurito de la cultura, en la que la industria emergente es fuentes nuevas riquezas, llegan dos arzobispos que pueden hacer la gran revolución de la Iglesia en Castilla y León.

Es posible que quien pensara que esas Iglesias, cargadas de historia y solo con historia, se podían convertir en una Reserva de sioux eclesiales, se lleve en unos años la sorpresa.

Máxime cuando además se va a producir, por mor de los años, una renovación en las diócesis castellanas que puede servir de oportunidad para reforzar la base episcopal.

Renovación que ya comenzó con los nuevos obispos de Ávila, Zamora y Salamanca-Ciudad Rodrigo, que continuará con los de Palencia y Segovia, por no añadir el de Osma-Soria que, previsiblemente, no tardará mucho en salir.   

Si en los últimos tiempos daba la impresión de que Castilla y León, en algunos parámetros eclesiales, se había quedado atrás respecto a otras Comunidades Autónomas, léase Andalucía, ahora se abre un ilusionante tiempo.

Dios siempre sabe más.

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