Opinión

El caso Aupetit y sus derivadas

Michel Aupetit, arzobispo de París  (AFP or licensors).
photo_camera Michel Aupetit, arzobispo de París (AFP or licensors).

He seguido con cierta curiosidad el caso del ya arzobispo emérito de París, monseñor Michel Aupetit. Voy a intentar, para sistematizar un poco la cuestión, centrarme en el caso, el contexto y una derivada.

Primero, el caso. Está claro por lo que he podio leer en la prensa internacional que hubo una relación impropia. Todos entendemos qué es una relación propia por el hecho de saber qué es una relación propia. En este caso, el arzobispo emérito ha repetido, por activa y pasiva, que en la relación impropia no hubo relaciones sexuales.

No voy a referirme a casos de relaciones impropias ni de obispos, ni de sacerdotes, ni de fieles cristianos si me apuran, que por cierto no han terminado como ésta. El concepto de relación impropia, indeterminado, jurídicamente indeterminado, solo se entiende en el contexto de esa relación en comparación con otras relaciones. ¿De qué tipo? La respuesta pertenece al fuero interno. Lo que no es del fuero interno es la utilización que se hace, se ha hecho de esa relación. ¿Por parte de quién? ¿Con qué intenciones?

Me preocupa la obsesión por lo sexual, lo afectivo, o emotivo. Resulta que ahora estamos poniendo la lupa en ese territorio pegajoso y nos olvidamos de otro tipo de relaciones impropias que podrían ser causa de renuncia de obispos, sacerdotes y de más familias. Relaciones con banqueros, estafadores, corruptos, mentirosos, lobbistas…

Antes se decía que la Iglesia estaba obsesionada con el sexo, por el hecho de que predicaba constantemente sobre los mandamientos sexto y noveno. Ahora, es la sociedad la que está obsesionada con el sexo, pero en la Iglesia. Hasta tal punto que, con motivo de este caso, ha habido un avalancha en la opinión pública de innumerables teólogos y teólogas, -ni en la Edad Media hubo tantos-, todos áulicos del pensamiento políticamente correcto, para recordarnos que el problema es el celibato. Claro, si no hubiera celibato, y se permitiera que los sacerdotes se casaran, incluso entre ellos, y que hubiera sacerdotisas, y que se casaran entre ellas, se acabaría el problema de las relaciones impropias porque ya no habría diferencias.

Pánico a la Iglesia de los puros, de los perfectos, a la Iglesia de los gnósticos, de los cátaros, de los pelagianos incluso, de los que todo lo hacen bien, de los que se pasan el día echando la culpa a los otros. Ojo con entrar en la dinámica de los impecables, que esto puede terminar muy mal porque ya se sabe, el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

El contexto. Colonia, el cardenal de retiro obligatorio. París, el arzobispo aceptada la renuncia por “relación impropia”. Otras capitales de Europa, en pausa. Un obispo español que se casa con una autora de novelas eróticas. Y no voy a seguir. ¿Qué está pasando?

Tercero, una derivada. Todo se investiga, las vidas, cada vez están más expuestas a la sospecha, todo se hace público, ¿quién va a querer ser obispo? Ánimo, porque todo el mundo se conoce y a quien no se le conoce, se le rastrea.

El efecto que produce esta dinámica de la observación y de la supervisión permanente, que además hay que poner en relación con la de la pérdida de autoridad, -ahora todo se discute porque todo el mundo-, es que se crea un freno psicológico y aparece el miedo a la libertad, a la acción, a las consecuencias de lo que puede pasar con lo que hacemos.

El miedo es uno de los peores enemigos de la fe, de la libertad de la Iglesia, personal e institucional. Consecuencia: no hacer nada, dedicarse a mantener el caldo de cultivo de lo que hay sin la parresía, sin la fuerza de la iniciativa y de la creatividad.

No vaya a ser que…

Último apunte. Me da la impresión de que hay que distinguir, una vez más, entre el motivo y la causa. La revista “Le Point” publica la historia de las relaciones impropias con una intencionalidad, con un motivo. Y no quiero decir que tiene que ver con la actitud de Aupetit por el caso del Informe sobre la pederastia. Pero la causa de que el Papa haya aceptado la renuncia del arzobispo es ésta y otras, distintas, variadas. Pero esto es otra historia. La desafección de la diócesis, la mala imagen ante los medios y su presión permanente sobre la persona, el temperamento, carácter, etc., son también causas y motivos.  

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