Opinión

Carta a un sacerdote amigo

Sacerdotes.
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Querido amigo,

El Papa Francisco acaba de escribirte una carta con motivo del 160 aniversario de la muerte del santo Cura de Ars. Aprovecho la ocasión para escribirte esta carta, imitar en esto al menos al Papa, y manifestarte mi más profundo agradecimiento por tu sacerdocio, que encarna el sacerdocio de Cristo.

No escribo tu nombre porque tu nombre pueden ser muchos nombres, sacerdotes santos, de alma y cuerpo enteros, íntegros, enraizados en Cristo, servidores de los demás. Sois, como dice el Papa Francisco, los que “llevan sobre sus espaldas el peso del día y del calor (cf. Mt 20,12) y, expuestos a un sinfín de situaciones, “dan la cara” cotidianamente y sin darse tanta importancia, a fin de que el Pueblo de Dios esté cuidado y acompañado”.

Sé que no son tiempos fáciles para ti. Ni fuera de la Iglesia, ni probablemente dentro. Aunque me consta que tienes una idea clara de cómo tu vida se configura en Cristo, algo que compruebo día a día, se está produciendo una especie de espejismo en cuanto a la percepción del sacerdocio y de tu sacerdocio. Es cierto que si te dedicas a lo social, tu ministerio será bien recibido. Pero como la dimensión social de tu sacerdocio no aparezca en primer plano, y  lo que prime es la tarea silenciosa, callada, oculta, de tu entrega a los demás, de tu servicio en los sacramentos, de las horas de estudio y pensamiento, lo que haces no va a ser ensalzado ni puesto en valor. La sociedad actual, y la secularización tanto externa como interna,  está creando una falsa dicotomía en el sacerdocio, o al menos en la percepción social del sacerdocio.

Con esta carta solo quiero agradecerte tu vida y tu ministerio, y animarte a seguir adelante, porque te necesitamos. Y, quizá si me lo permites, recordarte que, como decía Juan Pablo II en su catequesis sobre el sacerdocio del 31 de marzo de 1993, “la ontología profunda de la consagración del orden y el dinamismo de santificación que comporta el ministerio excluyen, ciertamente, toda interpretación secularizante del ministerio presbiteral, como si el presbítero se hubiera de dedicar simplemente a la instauración de la justicia o a la difusión del amor en el mundo”.

Por lo tanto, no tengas dudas, no pienses que si te dedicas solo a la instauración de la justicia social, a las causas bien vistas por el sistema de poder y el sistema mediático, o a ese voluntarismo del amor que campea por el mundo, serás mejor sacerdote. Claro que tienes que trabajar por la justicia, pero la que nace del reino, que brota del encuentro personal con Cristo. Y con Cristo en cada hermano. Tu lucha es a favor de los pobres que te rodena, no contra la pobreza, un concepto que también es objeto de instrumentalización por la política de turno.

No olvides, en palabras de Juan Pablo II, que “el presbítero es ontológicamente partícipe del sacerdocio de Cristo, verdaderamente consagrado, hombre de lo sagrado, entregado como Cristo al culto que se eleva hacia el Padre y a la misión evangelizadora con que difunde y distribuye las cosas sagradas la verdad, la gracia de Dios a sus hermanos. Ésta es su verdadera identidad sacerdotal; y ésta es la exigencia esencial del ministerio sacerdotal también en el mundo de hoy”.

Ya sé que los ejemplos de algunos sacerdotes aupados está en las imágenes de su dedicación a las causas aplaudidas por los medios. Pero ahí no está la clave. La clave de tu vida está en la acción de las palabras que pronuncias que son las mismas que pronunció Cristo, el poder de transformar el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, el poder de perdonar para siempre los pecados, el poder de sanar el alma y el cuerpo. Los sacramentos, también, que son vida y la vida.

Con mi admiración y profundo afecto,

                                               José Francisco Serrano Oceja

 
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