Opinión

Calumnia… como en el siglo IV

Canonizacion cardenal Newman.
photo_camera Canonizacion cardenal Newman.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto de un libro de algo más que historia de la Iglesia como con “La Iglesia de los Padres” de John Henry Newman, recientemente editado por Encuentro.

Para quienes se lamentan sobre la situación de la Iglesia actual, no hay mejor ejercicio que mirar al pasado para sentir esa calma necesaria del Espíritu, y no repetir algunos errores. Al fin y al cabo, la Iglesia de Jesucristo es de Jesucristo, y no de quienes quieren patrimonializarla.

Hablar de Newman es hablar de los padres de la Iglesia. Esa escuela le llevó a escribir en 1877: “Mi deseo ha sido el de tener la verdad como la amiga más querida, y ningún enemigo, salvo el error”.

De entre las muchas perlas de este precioso libro, voy a reproducirles un trozo de una carta que el gran Basilio, el de Cesarea, que había nacido en 329 y murió el 1 de enero de 379, escribió a un tal Atanasio, obispo de Ancira.

Para situarnos. Los desórdenes de la Cristiandad, especialmente en Oriente, en el siglo IV, bien hubieran podido vaticinar la ruina de la Iglesia. No olvidemos, entre otros factores, que la mayoría del episcopado llegó a ser herético. Y del arrianismo les salvó la fe del pueblo de Dios. Bueno, y la labor de una serie de campeones de la ortodoxia, y los monjes y... pocos más.

Basilio tenía un amigo que se le volvió enemigo, un tal Eustathius. Éste se dedicó a propalar rumores sobre Basilio, entre otros que era seguidor del hereje Apolinar. Esa calumnia fue creída por el obispo de Ancira, Atanasio, que por cierto había sido arriano y luego se arrepintió.

No eran infrecuentes, en aquella época, los cambios de las chaquetas episcopales, por lo que parece. Entonces, este obispo, Atanasio, se dedicó a difundir cosas muy duras sobre Basilio, que, por cierto tenía en gran estima al de Ancira. Y le escribió lo que sigue:

“Basilio a Atanasio, obispo de Ancira:

Me he enterado por personas que me llegan de Ancira, más numerosas de lo que puedo contar, y diciendo todas lo mismo, que vos, querido amigo (¿cómo puedo usar este suave término?), no tenéis buenos recuerdos de mí ni me apreciáis. Por mi parte, nada que suceda puede sorprenderme, estad seguros; nadie hay, por cierto, cuyo cambio pueda contradecir mis expectativas, puesto que ya hace mucho aprendí la debilidad de la naturaleza humana y su proclividad para darse vuelta. Por eso no lo tomo como cosa grave, aunque mi causa haya sufrido y -palabra de honor- la calumnia y el desprecio sean mi porción cotidiana. Pero lo que me parece muy extraño y antinatural es que seáis vos quien se enoje e irrite conmigo, y hasta el punto de lanzarme amenazas, según dicen los que las han oído. Para seros franco, lo de las amenazas me causó risa. En verdad sería un niño si temiera tales intimidaciones. Pero lo que realmente me causa mucha inquietud y ansiedad es que alguien de tan seguro juicio como es el vuestro -juicio que creí preservado para confortar a las iglesias como raro fundamento de ortodoxia y semilla de viejo y sincero amor-, haya cedido a tal punto al estado actual de las cosas como para fiaros más de las calumnias de cualquier recién llegado que de la larga experiencia que tenéis de mí, y ser arrastrado sin evidencias a tan extravagantes sospechas…”.

Qué maravilla, qué finura. Y no les transcribo más porque el resto de la carta está ahí. Misiva que termina así:

“Vos mismo podríais librarme de mi perplejidad si expresarais, amablemente y sin reservas, lo que os indujo a ofenderos tanto conmigo “(Ep. 25)

Genial.

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