Opinión

En búsqueda de minorías creativas

No sé si en el pasado Congreso de laicos sin adjetivos se habló del concepto de minorías creativas. John Henry Newman, cuando hablaba del laicado que quería para la Inglaterra del XIX, advertía que “si la batalla se acerca, hay que permanecer sobre vuestro terreno, no sobre el terreno de los otros. Cuidaros de vosotros mismos. Que os vean ahí donde sois conocidos. Haceros conocer cada vez más vosotros mismos y vuestra religión, pues vuestra victoria está en ese conocimiento. La verdad saldrá a la luz, la verdad es poderosa y prevalecerá”.

Para tener claro qué debe entenderse, en sentido cristiano, por minorías creativas recuerdo a la conferencia que el P. José Granados pronunció en el Congreso “La familia cristiana y la escuela católica. Minorías creativas para la renovación de la sociedad”, Alcalá de Henares, marzo de 2017.

Según aporta el P. José Granados, Benedicto XVI propuso la necesidad para la Iglesia de generar “minorías creativas”. Recogía con ello una expresión del historiador británico Toynbee, que la usaba para analizar los grandes cambios de civilización: quienes habían determinado el nuevo paradigma social resultaban ser, no grandes masas, sino pequeñas minorías creativas capaces de intuir y generar un nuevo tejido cultural.

Para entender bien qué se quiere decir con estas minorías creativas es necesario diferenciarlas de los guetos o comunidades cerradas ante un ambiente opresivo. Creo que la distinción es posible a partir del adjetivo “creativas”: estas minorías son capaces de generar cultura alrededor de ellas.

Esa cultura creada por las nuevas minorías creativas es siempre, en el cristianismo, una cultura sacramental. La minoría creativa puede definirse como una minoría generada sacramentalmente y generadora de visión y perspectiva sacramental.

El teólogo Jean Danielou se preguntaba si el cristianismo en la época actual debe ser cuestión de minorías, de pequeñas comunidades; o si es necesario, por el contrario, aspirar a edificar un pueblo cristiano, es decir, una civilización cristiana que irradie cultura cristiana.

Como nos recuerda el P. José Granados, el teólogo Danielou establece un principio importante, que es difícil rebatir: si el cristianismo quiere llegar a todos los hombres, si pretende que sea posible a fuertes y débiles abrazar una vida cristiana, esto solo puede realizarse construyendo una civilización cristiana. Si falta un tejido cultural generado por el Evangelio, los cristianos que subsistan tendrán que hacerlo contra corriente. Serán, sí, cristianos más curtidos, con mayores convicciones, dispuestos a entregas totales... pero serán también muy pocos.

Según Danielou la mayoría de los hombres no pueden vivir “en cristiano” si no les sostiene una red de relaciones que sean cristianas. Renunciar a este empeño significará aspirar solo a un cristianismo de élites, lo que no correspondería con la llamada del Evangelio a todos los hombres.

La lógica de la sociedad contemporánea se centra en la actitud individualista del sujeto. Debemos estar alerta ante un cristianismo masa que se acerca a la multitud, que quiere superar una reducción de la fe a las élites, pero lo hace sin pretender transformar la cultura.             

De lo que se trata, al fin y al cabo, es de abrir espacios y plantear relatos que permitan entender la propia vida, un nuevo espacio y de un nuevo tiempo, ambos generados por la vida, muerte y resurrección de Jesús.

Por eso, la perspectiva sacramental. Los sacramentos han sido el lugar donde se generaba este espacio y tiempo en medio del mundo; espacio y tiempos que son propios de la minoría creativa. Este espacio generado en el sacramento es un nuevo orden de relaciones, un nuevo modo de entender y vivir los vínculos interpersonales. Y el nuevo tiempo que se nos entrega en el sacramento es una nueva forma de relatar la propia biografía, en el conjunto de la historia del mundo.

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