Opinión

Y se armó el lío

Más allá de la matemática de las Jornadas Mundiales, de los números y las sumas y restas de esa genial intuición del Espíritu Santo que recibió el beato Juan Pablo II, ésta que se acaba de clausurarse ha tenido el peculiar sabor de la forma del Papa Francisco que, en esta ocasión, se ha acompañado, por las referencias en sus discursos, de San Francisco de Asís y de la Madre Teresa de Calcuta, sin olvidar a Juan Pablo II.

El estilo del magisterio del Papa Francisco, al menos el desplegado durante estos días pasados en Río de Janeiro, agudiza los perfiles del diálogo, de la interpelación, de la incitación a cada uno de los oyentes. La pedagogía del Papa Francisco discurre por los derroteros del cara a cara. El énfasis con el que pronuncia las palabras y recalca las ideas, en ese español clásico por porteño, es una forma discursiva de mirar a los ojos a cada uno de sus interlocutores para ponerles ante la presencia de Dios y de su conciencia. Los textos del Papa Bergoglio no son auto-referenciales de un magisterio consolidado, no se caracterizan por las citas de los documentos eclesiales, de los Papas que le han precedido, sino que agudizan los perfiles de la dimensión espiritual de la experiencia cristiana y remiten a las clásicas formas de esa vida espiritual. Se está produciendo un cambio en cuanto a las dimensiones cognitivas del receptor del magisterio pontificio.

Su espiritualidad, y su pedagogía espiritual, es clásica, no puede ser más clásica. Oración, sacramentos, ayuda al prójimo, repetía en la Vigilia con los jóvenes. Sus consejos, los de un padre espiritual. Por ejemplo, cuando les dice a los obispos, sacerdotes y seminaristas que hay que dedicar tiempo a los jóvenes, en la dirección espiritual, en el confesionario, en la escucha paciente durante esas interminables conversaciones apostólicas.

El Papa Francisco, por más que el foco mediático haya querido levantar acta de supuestos apoyos a causas de banderías y tomas de partida, tiene la virtud de no dejar indiferente a nadie y, al mismo tiempo, de no ser fácilmente encasillable en las múltiples comprensión de la Iglesia y de la forma de la Iglesia.

Durante estos días, en ese diálogo permanente con los jóvenes, ha ofrecido una catequesis sobre la fe, y sobre la vida cristiana; ha alentado de los peligros de un catolicismo de naftalina, engominado, y de la eternidad de la fe y de la vida cristiana por causa de un racionalismo extremo, que se ha colado por las entretelas de la modernidad, y que ha provocado una reducción de la experiencia de la fe y de la expresión de la fe.

Pero si hay un discurso de calado en la Jornada Mundial de la Juventud de Río ha sido el pronunciado a los obispos brasileños. Puede ser considerado el punto y seguido del Documento de Aparecida. Su contenido no tiene desperdicio, ni en lo que se refiere a los ya grandes temas de su pontificado, ni a lo que dice sobre la Iglesia, ni a los escarceos hacia la teología social y la dimensión pública de la fe.

La sorpresa siempre está acompañada por la novedad. Esta JMJ ha sido la JMJ del "No tengáis miedo". Y la novedad es frescura de espiritualidad en el testimonio, y en el testigo, que nos ha dejado el Papa Francisco, quien como pidió a los jóvenes argentinos, también se ha apuntado al carro de "armar el lío"

José Francisco Serrano Ocejajfsoc@ono.com

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