Opinión

Arde la Iglesia

Andrea Riccardi.
photo_camera Andrea Riccardi.

He tenido la oportunidad, durante estos días pasados, de leer el libro de Andrea Riccardi, historiador y fundador de la comunidad San Egidio, “La Iglesia arde”. Me ha dejado un extraño sabor de boca.

Con una notable capacidad para hacer una radiografía sobre cómo está el cristianismo en Europa, en el contexto de un mundo cambiante, Riccardi ofrece también un análisis de los pontificado de Juan Pablo II, de Benedicto XVI y del Papa Francisco. Al final dibuja un cuadro de tintes personales sobre por dónde debe ir la respuesta a esta situación de mutación profunda.

Resulta llamativo que nuestro autor comience por plantear el Pontificado de Juan Pablo II y el de Benedicto XVI como un paréntesis en la profunda decadencia de la Iglesia desde el final del Vaticano II, como si no se hubiera gobernado la Iglesia en ese tiempo ni se hubieran tomado las medidas oportunas (147). Indudablemente, le pesa las teorías y los planteamientos pastorales del cardenal Martini. Pero plantea una cuestión crucial: qué ha pasado con el Vaticano II y desde el Vaticano II y en qué momento estamos.

Hace unos días, un obispo emérito de América, jesuita para más datos, que comenzó su episcopado en Estados Unidos, por cierto, con una historia alucinante, me hablaba de la sensación que ahora estaba teniendo cuando leía el Vaticano II, ese optimismo de los documentos conciliares.

Riccardi hace un notable intento de explicar qué le ha pasado al cristianismo, y a la Iglesia, después del Concilio Vaticano II, en qué situación estamos y qué perspectivas se presentan.

Hay que aclarar que el libro tiene interés en la media en que no proliferan en la bibliografía hispana este tipo de trabajos, quizá más propios del mundo anglosajón. Aunque es cierto que en ese mundo existe un predominio de propuestas diríamos a lo “Opción benedictina”, que deben ser tenidas en cuenta, pero que suelen dejarnos bastante frías por incompletas.

Hablando del libro de Rod Dreher constato aquí el palo que le da Andreas Lind en la Civiltà Cattolica, edición en español, en un artículo titulado “¿Cuál es la tarea de los cristianos en la sociedad actual? “Opción Benito y herejía donatista”. No puedo comprobar ahora si es la traducción de uno ya antiguo publicado en la edición italiana o es ex novo.

Pero volvamos a Riccardi, que utiliza el incendio de la Catedral de Notre Dame del pasado 15 al 16 de abril de 2019 como metáfora. ¿Está el cristianismo en crisis? ¿En qué consiste esa crisis? ¿En qué aspectos se manifiesta?¿En qué actores, en qué procesos?

Son preguntas que subyacen a la tesis de que, al menos en Europa, somos claramente menos cristianos y menos anticristianos. Bueno, esto último había que ver si se cumple por ejemplo en España. Se está produciendo un imparable proceso de secularización que afecta de forma acelerada a la conciencias. Es cierto que perdura la influencia del cristianismo en la raíz cultural, en el sustrato de determinadas almas. Pero esto es un rescoldo, al fin y al cabo.

Los parámetros vitales del cuerpo eclesial han empezado a dar señales de alarma. La crisis en los religiosos, en el sacerdocio, en la práctica de los sacramentos de iniciación, y no solo de la iniciación.

Quedémonos con este dato tomado del sociólogo francés J. Fourquet que plantea que hay una descristianización que está llevando a la “fase terminal” de la religión católica en Francia: “Si se confirma esta tendencia, se calcula (claramente como perspectiva) que en 2048 podría hacerse el último bautizo, y en 2031, el último matrimonio católico. Podría producirse incluso la desaparición por completo de los sacerdotes franceses en 2044”.

Consciente de que también, como dice el escritor Corrado Augias, “necesitamos el cristianismo porque ahí fuera no hay nada más”, el libro está escrito para intentar explicar qué es lo que está haciendo el Papa Francisco, cómo se está perfilando su pontificado y cuáles son sus propuestas.

Pero tengo que advertir que algunas de las sugerencias de Riccardi no me convencen –la insistencia en los viri probati, o la forma de abordar el rol de la mujer en la Iglesia, o su comprensión de la sinodalidad, por ejemplo-. Pero estos temas darían para mucho.

Ah y varias de sus afirmaciones sobre la historia de la Iglesia en la España contemporánea me parecen desenfocadas. Quizá por las fuentes y la bibliografía que utiliza. Y lo siento.

Decía que me ha dejado un sabor agridulce. Lo que está claro es que me ha hecho pensar.

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