Opinión

El adiós a tres hombres de Iglesia

Iglesia parroquial de San Julián y
Santa Basilisa Valdavida (Villaselán, León).
photo_camera Iglesia parroquial de San Julián y Santa Basilisa Valdavida (Villaselán, León).

Este verano nos ha traído, entre serpientes, algunas de ellas bien venenosas, y miradas en perspectiva a un otoño eclesial caliente, algunas noticias tristes. Me refiero al fallecimiento de tres sacerdotes que, por variados motivos, han prestado un relevante servicio a la Iglesia, también española. 

    El primero de ellos, cuya noticia pasó bastante inadvertida, fue Modesto Romero Cid, durante años director del Secretariado de la Comisión Episcopal de Enseñanza en tiempos complejos y políticamente difíciles (léase gobiernos de Zapatero). 

Hombre de confianza del cardenal Cañizares en materia educativa, sirvió fielmente a la Iglesia defendiendo siempre, con las armas de la razón y la ley, el derecho fundamental a la libertad de enseñanza conforme a la Constitución y a los Tratados internacionales. De lo que se trataba entonces, y sigue tratándose ahora, es de que los padres pudieran elegir libremente para sus hijos, la enseñanza religiosa conforme a sus convicciones. 

Su capacidad de diálogo y su preparación como experto en temas educativos fueron esenciales, en esos años, para que se cumplieran los Acuerdos de 1979 con la Santa Sede. Se nos ha ido un referente en la Iglesia española como gran defensor de los derechos humanos en plena sintonía con la doctrina de la Iglesia.

    La segunda persona que viene aquí, a este retablo ya de la memoria, es el teólogo Santiago del Cura Elena. Castellano recio, de palabra certera y pausada, de juicio acertado y conclusivo. No había conversación con don Santiago, por muy joven estudiante que fueras, en la que no entrara hasta el fondo de los temas. 

Hizo una teología sin publicidad, sin esas campanillas a la que no tienen acostumbrados quienes se cuelgan el letrero de teólogo y viven de él. 

Su vida docente trascurrió entre Burgos y Salamanca. Allí dónde estuvo, allí dónde trabajó el tema de Dios, de la Trinidad, de la escatología, del ministerio sacerdotal, del diaconado, -aspecto éste que hizo que el papa le nombrara miembro de la Comisión de estudio del diaconado femenino- dio lustre y prestigio al cuerpo docente en el que estaba inmerso. Aunque también vivió algunas incomprensibles incomprensiones. 

El fallecimiento de don Santiago del Cura, un teólogo de lo esencial, tendría que hacernos reflexionar sobre la situación de la teología hoy en España, sobre las viejas generaciones y las nuevas, sobre la que se están yendo y las que no acaban de llegar. Quizá en otro momento. 

El último nombre a este obituario, a vuela pluma, es el del sacerdote José Ramos Domingo, que fuera profesor en Salamanca, gran especialista en retórica de los siglos XVI a XVIII. Recuerdo su tesis doctoral “Retórica, sermón e imagen”, una singularidad académica. Un sacerdote y académico tan original como único. Mucho podría decir de la vida sacerdotal de Pepe Ramos Domingo, que ocupó el cargo de Secretario General de Las Edades del Hombre. 

Solo diré que su vida sacerdotal de entrega a los pobres, a los drogadictos, a quienes abrió su casa, se debe, en gran medida, al aliento y a la ayuda del que fuera obispo de Getafe, monseñor Francisco José Fernández y Pérez Golfín, que le acogió en su diócesis y le fue acompañando con aquella singular pedagogía y don de gentes. 

Descasen en la paz y el abrazo de Jesucristo sacerdote.

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