Opinión

Adiós a don Braulio

Arzobispo Primado de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza (Fotografía: Archidiócesis de Toledo)
photo_camera Arzobispo Primado de Toledo, Braulio Rodríguez Plaza (Fotografía: Archidiócesis de Toledo)

            La víspera de que se hiciera público el nombramiento del nuevo arzobispo de Toledo conversaba, indistintamente, con dos amigos.

Uno de ellos me decía, desde la ciudad imperial, que no me podía imaginar el afecto, el cariño, con el que se despedía don Braulio de su diócesis.  Un afecto sentido de los sacerdotes, de los laicos, de los religiosas y de las religiosas. Le recordaba el final de don Marcelo. No es por nada, añadía con cierta picardía, “no creo que todos los obispos que se han ido de sus diócesis, ni se van a ir, pueden decir lo mismo”.

El otro se lamentaba tanto del hecho de que no haya sido creado cardenal como de la incomprensión y falta de reconocimiento a su ministerio, expresado también porque no ha transcurrido ni un año desde que presentara la renuncia. Bueno, no un año, once meses y algunos días.

Estas dos conversaciones sintetizan el sentir mayoritario en la Iglesia en Toledo.  Dos expresiones que son efecto de un ministerio, el de monseñor Braulio Rodríguez Plaza, que ha sabido estar a la altura de una diócesis nada fácil, con un clero no solo formado sino en abundancia, y con un laicado también de amplia formación y no menos compromiso social y político.

Quizá quienes hayan tomado las decisiones sobre el destino de Toledo se han olvidado de que don Braulio llegó a esa diócesis a regañadientes. No porque no considerara que ser arzobispo de Toledo era un servicio relevante, con repercusiones fuera de los límites diocesanos, sino porque estaba a gusto en Valladolid, y no veía motivos para el cambio. Pero si el Papa lo pedía, no era cuestión de negarse.

Han pasado los años y don Braulio ha demostrado que ha sido lo que el Concilio pide para un obispo, un “padre y pastor”. Con un particular sentido del significado del culto divino, de la liturgia, que celebra bellamente, con una predicación a la altura de los píos oídos de quienes le escuchaban, con homilías e intervenciones profundas, teológicamente preparadas. Con la cercanía, sencillez, y ese punto de introversión que le caracterizan, se ha ganado al recio carácter toledano.

Pues ahí tenemos a Don Braulio. Como llegó, se va, sin armar ruido. Bueno, me cuentan que, como de bien nacidos es ser agradecidos, se marcha de Toledo agradeciendo el trabajo de sus colaboradores de forma generosa. Es decir, con el reconocimiento de un trabajo en equipo bien hecho.

Que ha tenido problemas, pues lógico. Que ha tomado decisiones no siempre comprendidas, también. Pero todo dentro de los límites del error humano.

Más adelante habrá que hacer un ejercicio de exégesis sobre lo que ha supuesto el nuevo nombramiento del arzobispo de Toledo, a quienes algunos califican como “ deseado mal menor”.

Ahora solo cabe recordar que el movimiento de Toledo ha sido posible con tanta facilidad porque don Braulio es alérgico a la política eclesiástica, al politiqueo de curias y pasillos nobles, a la conspiración y al contubernio. Recuerdo haber oído a un noble clérigo toledano echar en cara a don Braulio que no hiciera más pasillos por el Vaticano.

Quizá los que han empujado este cambio para que se produzca con tanta celeridad, y con argumentos también falaces, no sean ajenos a la práctica del “pasilleo”. Allá ellos. Si algo queda en evidencia es que hay católicos, sacerdotes, obispos, arzobispos y hasta cardenales que tienen la conciencia tranquila. De Roma vienen, los que a Roma van.

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