Opinión

Llegó el Mayo del 68 a San Dámaso

Se celebró esta pasada semana en la Universidad Eclesiástica San Dámaso una interesante Jornada sobre el Mayo del 68, por eso de los cincuenta años.

Daba mucho gusto escuchar, por ejemplo,  a Víctor Pérez Díaz, uno de los grandes sociólogos de la España de nuestro tiempo, con su sentido común aplastante mucho más allá de lo demoscópico, hablar sobre ese sustrato social que hace posible el bien real de la sociedad más allá y más acá de los efectos del 68.

O al joven profesor de filosofía Rafael Gómez Miranda afirmar que “el escepticismo y la falta de expectativas comenzaba a cubrir con su sutil sombra los formidables mitos modernos: la ciencia, la técnica, el progreso, la política, el Estado... El suelo que se tenía bajo los pies empezaba a resquebrajarse, y con ello, también muchos de los fundamentos intocables del pensamiento moderno”.

De entre las intervenciones, en esta crónica aproximada, glosaré una idea del profesor de Pastoral Juvenil de la Pontifica Universidad salesiana, Rossano Sala, que no en vano es el secretario especial de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los obispos que se va a celebrar dentro de poco. Por eso de que, en las cocinas del Sínodo sobre los jóvenes, está el padre Rossano.

Tengo que advertir, para empezar por el final, que hay que estar tranquilos respecto a la propuesta del Padre Rossano, aunque la sensación sea que, en este momento de la Iglesia y en esta cuestión de los jóvenes, quienes se dedican a esto saben con más claridad, y mejor, analizar y diagnosticar la situación, y los problemas, que cuáles son las terapias, propuestas y respuestas, y cómo aplicarlas.

No me refiero, por supuesto, al contenido último, que está claro, el encuentro con Jesucristo, el Evangelio, la santidad. Me refiero a la forma de presencia y testimonio.

También pensé que esta insistencia en un Sínodo para los jóvenes, en esta hora del pontificado del Papa Francisco, iba a servir para mandar algunos mensajes sobre la forma de “salida misionera”. Estaremos atentos.

El Evangelio es, en toda las épocas, una poderosa instancia crítica de la cultura.

El ponente afirmó con toda claridad que “diluir la objetividad de la Iglesia y las exigencias del Evangelio no constituye una eventualidad muy lejana, sobre todo en un tiempo en el que todo está sometido a una especie de licuefacción, en el que se capeta todo sin problemas, pero privado de su substancia activa, es decir, de su carácter irreductiblemente excedente. La historia nos enseña que tras la “licuefacción” llega la “liquidación” como su cumplimiento intrínseco y, por tanto, es necesario prestar mucha atención a una posible homologación cultural del cristianismo, que supondría su fagocitación por parte del mundo”.

Pues por ahí andamos.


 
Comentarios
Somos ECD
¿Buscas un medio de información libre, que no se casa con nadie?