Opinión

Ignacio Carbajosa

Pertenece Carbajosa, apellido de recios escribas glosadores de la ley y de los profetas, catedrático de Antiguo Testamento de la Universidad Eclesiástica san Dámaso, a esa generación emergente de sacerdotes de la Iglesia en España que ya está apunando un futuro de solidez intelectual y de vigor pastoral. Una generación alejada de las complicaciones de las formas dialécticas, y de las contraposiciones y contrastes, de tiempos inmediatamente pasados. Una generación, la de Juan Pablo II, ahormada en el rigor de Benedicto XVI y lanzada a las periferias por el Papa Francisco.

Ignacio Carbajosa, además, ha iniciado un interesante periplo de presencia en los medios de comunicación de España, auspiciado por el trabajo de un grupo de periodistas de Comunión y Liberación. El centro de la entrevista es el Papa Francisco y su texto Evangelii Gaudium. Merece la pena tomar nota y tener noticia del pensamiento del responsable de una emergente realidad de la Iglesia en España. He aquí algunas de sus respuestas, en gran medida inéditas para el gran público, que reproduzco por su interés íntegramente:      

Como responsable de Comunión y Liberación en España, ¿qué es lo primero que le sorprende del pontificado del papa Francisco?

La primera sorpresa fueron ya sus primeras palabras, cuando nos hizo rezar a todos desde el balcón de la plaza de san Pedro. Con sus gestos “hace suceder” el cristianismo. Se mueve como si fuera el apóstol Pedro recién desembarcado en Roma desde Palestina, con la novedad del inicio.

Dentro de la Iglesia, hay quienes sospechan de su insistencia en las cuestiones sociales por encima de los aspectos doctrinales. ¿Subyace en estas posiciones el miedo a la pérdida del protagonismo doctrinal y, con ello, el poder, al que alude el Pontífice?

Benedicto XVI, dirigiéndose a sus alumnos, decía que nosotros no poseemos la verdad sino que la verdad nos posee. Los discípulos de Jesús no poseían una verdad; tenían delante a un hombre que les poseía, porque eran atraídos por Él. Nuestra débil naturaleza tiende a reducir la verdad cristiana a las doctrinas y dogmas que, de un modo justo, se han ido acuñando con el tiempo. Reducimos el cristianismo a un conjunto de doctrinas y no a algo vivo y, por eso, deja de sorprendernos. Afortunadamente, esa reducción no está a la altura de nuestro corazón, que desea una relación viva. Una posición que cristaliza en doctrinas y teorías, y que no está delante de una presencia viva, normalmente es violenta, tiene que defenderse o degenera en relaciones de poder.

En la Exhortación Evangelii Gaudium, el Papa dedica un capítulo entero a la “Dimensión Social de la Evangelización”, por ejemplo, en lo relativo a que asumamos “la opción preferencial por los pobres”, que no es dedicar ocasionalmente un tiempo a la caridad. ¿Qué opina al respecto?

La expresión “opción preferencial por los pobres” desconcierta y escandaliza. Parece desproporcionada. Es la misma impresión que tenían los que escuchaban a Jesús describiendo el amor del Padre a través de la parábola de la oveja perdida. Como ya estamos acostumbrados a oírla, asentimos, pero si lo pensamos fríamente ¿cómo vamos a dejar las 99 e ir detrás de la descarriada? ¡Podríamos perder un montón de ovejas! Jesús nos dice que el Padre tiene una opción preferencial por el necesitado. En realidad es el único con capacidad de preferir a todos y cada uno de nosotros, necesitados. Para nosotros resulta imposible. En este sentido, es profundamente cristiano hablar de una opción preferencial por el necesitado. Sólo se auto-excluye aquel que no se siente necesitado. Jesús estaba con estos necesitados, es decir, con aquellos que le necesitaban, fuera cual fuera su naturaleza. En nuestra sociedad estamos rodeados de necesitados de todo tipo. Este Papa nos está ayudando a entender que la vida tiene una ley que se llama amor o caridad. Por lo tanto, si es una ley, no es algo que se ejerce de vez en cuando, sino que forma parte de la naturaleza humana y no sólo del cristiano. Por esa ley, y en la medida en que me doy, crecen mi fe y mi humanidad. Que la Iglesia recupere esta verdad, que se abra con gestos a ella, es un bien para todos nosotros y para esos pobres.

Incluso, el Papa va más allá y apunta a que hay que trabajar por las reformas estructurales que faciliten el acceso a los bienes necesarios para vivir dignamente. Hace una década esto hubiera sonado a “rojo” total, ¿no le parece?

También en su día Juan Pablo II sonó a “rojo” con la Laborem Exercens y un magisterio social no precisamente favorable al capitalismo salvaje. La doctrina social de la Iglesia dice que no es verdad que el mercado se regule solo, porque el hombre dejado a su instintividad degenera en egoísmo y muchas de nuestras estructuras económicas están preñadas de injusticia.
Por la dinámica de la Encarnación, los cristianos estamos llamados a entrar en la realidad con una medida y creatividad nuevas, nunca con la fuerza. Viviendo la fe con inteligencia se crean nuevas relaciones económicas. Lo vemos dentro de la Iglesia en el modo distinto de vivir la empresa, la familia, el trabajo… Por ejemplo, que existan familias que quieran acoger a niños, que les amen, lleva a que también le cueste menos al Estado pagar a empleados y edificios para esa labor. Esa medida nueva la ha introducido Cristo en el mundo.

Aparte de los laicos, el Papa también “zumba” a obispos, sacerdotes y religiosos a que sacudan su aburguesamiento y evangelicen en “las periferias existenciales”. ¿Por qué nos cuesta tanto convertirnos?

Parto de algo que siempre digo a mis alumnos de Antiguo Testamento en la Universidad san Dámaso. A nosotros nos encanta la dinámica de la Encarnación: el Misterio finalmente desvela su rostro y se pueda tocar, saliendo al encuentro de un deseo que la Humanidad ha cultivado durante siglos. Pero que el Misterio se haga carne implica empezar a seguirle de modo concreto, como vemos en los evangelios y, por tanto, salir de uno mismo.

A Jesús un día se le ocurrió decir: “Mañana me voy a Jerusalén”. Uno se podía quedar en casa o seguirle, pero las cosas cambiaban según la decisión. En este caso, seguir al Misterio hecho carne implicaba coger la mochila e irse con él a Jerusalén. Es paradigmático el momento en el que Pedro reconoció a Jesús como el Hijo de Dios. Jesús se llenaría de gozo. Un instante después, Pedro ya estaba reduciendo: “no te preocupes, Jesús que tú no sufrirás porque yo no lo voy a permitir”. Jesús tuvo que corregirlo: “apártate de mí Satanás”. Resistirnos a convertirnos nos ocurrirá siempre y lo que pido a Dios es que nos conceda continuamente personas como el Papa que nos empujen con su misma presencia a salir de nosotros mismos”.

                                   José Francisco Serrano Oceja


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