Opinión

Antonio López, los obispos vascos y ETA

Entre comunicado y comunicado de la banda terrorista ETA, y de los obispos vascos, uno de los grandes de la pintura y de la escultura, Antonio López, visitaba la Catedral nueva de Vitoria, el lugar de destino de su primera obra religiosa: un Cristo crucificado.

Bien podría ser el Cristo de las víctimas de ETA, del terrorismo, el punto y final, memoria de quien, en la historia, fue la Víctima, el crucificado por excelencia.

Antonio López ha visitado varias veces en estos días pasados, según nos informa la prensa alavesa, al obispo de Vitoria y a los representantes políticos de esa Comunidad.

Aunque la iniciativa parte de la siempre activa Asociación Cultural Raíces de Europa, con su presidente José Alipio Morejón al frente, el obispo de Vitoria y el Cabildo se han implicado de lleno en esta propuesta.

No es la primera vez que Antonio López se plantea hacer una obra religiosa, según ha relatado en alguno de sus encuentros. Hace unos años propuso crear para la Basílica de El Pilar una imagen de la Virgen, que fue rechazada por las autoridades eclesiásticas. Vaya vista la de esas autoridades eclesiásticas.

Ahora que ha llegado el fin de ETA, la Providencia ha hecho que coincida en el tiempo con el anuncio de que, sin prisa pero sin pausa, el genial pintor español esta creando un Cristo crucificado, “aún vivo, ligeramente inclinado, nada barroco”.

Habrá que esperar a que el proceso concluya. Pero podemos augurar que esta aportación será significativa en la obra de Antonio López y en la escultura religiosa contemporánea.

Y mientras, los obispos vascos en la picota en este final de ETA. Criticados a diestra y siniestra, dentro y fuera, solo por el hecho de hablar. Bueno, más que por hablar, porque son ellos los que han dado el paso y han hablado. Y lo han hecho de forma distinta, y no me atrevería decir distante, respecto a sus predecesores.

Muy pocos han analizado cómo matizan sus afirmaciones y qué representa una novedad respecto a textos anteriores. Monseñor José María Setién ocupó la misma sede que tiene ahora monseñor José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián. Pero no son lo mismo en su forma de entender cuestiones claves de su ministerio. Cuando los actuales dicen que “también se han dado entre nosotros complicidades, ambigüedades, omisiones… por las que pedimos sinceramente perdón”, ¿están acaso haciendo lo mismo que sus predecesores con lo que firman?  Si la Iglesia mudó la orientación, ¿por qué no ha cambiado la percepción en determinada opinión pública?

No seré yo quien defienda lo indefendible. En gran media, con lo que tienen que lidiar los actuales obispos es fruto de lo que se hizo, y de lo que se dejó de hacer, en otros tiempos.


 
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