Opinión

Luis, el hombre que escribía soplando

Luis de Moya.
photo_camera Luis de Moya.
Esta vez, el título no es metáfora sino la pura realidad. Hace días escribí otro artículo que titulé con un imagen literaria del mismo Luis: “el millonario que perdió seis Euros”; sólo me permití cambiarle las pesetas por Euros pues, como ya escribí, lo que él dijo fue “mil pesetas”. He sentido como si, de nuevo, volviera a la carga y me insinuara: ¡Venga, sigue un poco y cuenta algo más…!

Quienes convivimos con él, por los años 90, recordamos cómo trabajaba, a diario, frente al ordenador; eran los primeros tiempos de lo que ha sido su larga vida como tetrapléjico. En una entrevista que le hizo Bosco Martín, en 2013 y accesible en internet, además de decir que “no se cambiaría por nadie”, explicaba:                                                                                               

“Cuando me accidenté no existían programas de ordenador controlados por la voz. Ahora sí: hablas y el programa pone por escrito lo que dices. Eso permite hacer muchas cosas.” Pero en aquellos primeros momentos no era así. Para que pudiera escribir y trabajar, se había ideado un dispositivo sencillo y eficaz: un pequeño brazo mecánico, mediante un giro, introducía en su boca una especie de tubito fino, conectado -por transmisión electrónica- con otro dispositivo. Éste consistía en un puntero electrónico que Luis, con un ligero movimiento de cabeza, podía situar sobre las letras que aparecían en un recuadro en la pantalla del ordenador. En ese momento, bastaba un ligero soplo en el dispositivo que tenía en su boca, para que, conectado con el del puntero, fueran apareciendo letra a letra, palabras, frases, capítulos…, hasta escribir un primer libro titulado Sobre la marcha, que publicó en diciembre de 1996. Lo que para cualquiera de nosotros supone un toque dactilar sobre la tecla, para Luis era un soplo que se transmitía al puntero y, al fin, ¡una letra y otra y otra!: un trabajo de chinos. Más tarde, cuando se pudo incorporar un programa de voz al ordenador, su trabajo se simplificó e hizo más sencillo.

Si alguien me preguntara ¿dónde querrá ir a parar el autor de estas líneas, con esta historia? Sencillamente, desea ofrecer el testimonio de este hombre que, en medio de su extrema penuria corporal -sólo podía mover la cabeza-, nos ha dejado un ejemplo de que “ir contra corriente” y esforzarse por algo preciado, vale la pena. Dándose a los demás con sus escritos, sus charlas de vida cristiana y su amable convivencia, ha llenado de sentido su vida entera. Ha transmitido a quienes tenía a su alrededor -y gracias a los medios digitales, también a los que estaban lejos-, un espíritu de serenidad y de optimismo cristiano. Y todo, con los pies en la tierra, aunque en su caso habría que decir: y todo, sin moverse de su silla de ruedas, durante treinta años.

Siempre, y más en estos momentos de tantas dificultades a causa del Covid-19, testimonios así resultan reconfortantes. Sin llegar a ese extremo de dificultades a las que se enfrentó este hombre, vemos hoy a numerosas personas que están ofreciendo parecidos testimonios: en el ámbito de la sanidad y en otros muchos servicios de atención a sus conciudadanos Pienso que Luis podrá echarnos a todos una mano, al enfrentarnos con situaciones difíciles, que piden un esfuerzo especial. Se trata de poner los medios a nuestro alcance; y además, si uno es creyente, vendrá bien recordar el sabio proverbio de “Ayúdate, que Dios te ayudará”. Esto hizo Luis: luchar hasta el final sin ahorrarse esfuerzos y, a la vez, plenamente confiado en las manos de Dios, y también de quienes le ayudaban. Así lo decía en la entrevista de Bosco Martín, antes referida:

“¿Y usted cómo afronta el futuro?”, le preguntaba en el 2013. Y su respuesta fue:  “De la manera más realista que puede haber: consciente de estar en las manos de Dios. Lo menos realista es vivir como si Él no existiera, o como si nadie, fuera de mí mismo, pudiera ayudarme. Dios no va a consentir que me encuentre en una situación imposible, sobrehumana o que supere mis fuerzas, porque soy hijo suyo. Quizá me lo ponga difícil, pero nunca imposible.”

Sí, también hasta el final tuvo sus pequeñas  dificultades, concretamente con su herramienta de trabajo: el ordenador. Mantenía yo cierta correspondencia con él; y al releer ahora lo que me decía en un email, de hace menos de dos meses, me he quedado realmente sorprendido porque yo no lo recordaba bien. Le había sugerido la posibilidad de recoger en su página de internet, “Fluvium”, un artículo mío publicado pocos días antes. Su respuesta del día 26, después de agradecerme el envío, fue la siguiente:

Quería, sin embargo, contestarle ya para que sepa que tengo el ordenador bajo mínimos. Le escribo de hecho con manos prestadas. Esta semana no saldrá “Novedades Fluvium”. A ver si para la próxima semana tengo ya la máquina en condiciones. Me encomiendo a sus rezos. Y le manda un fuerte abrazo, Luis”. Así vivió él: en las manos de Dios y, como un niño pequeño, también en la de sus cuidadores: las “manos prestadas”.

Cumplió su deseo de publicar lo que le envié: quizá haya sido una de las últimas colaboraciones aparecidas en “Fluvium” el pasado octubre. Pienso sinceramente que Luis sigue “soplando” y quizá haya sido él quien me ha “soplado” estas líneas.  Uso ahora este verbo en el sentido de una de las acepciones que le atribuye el Diccionario de la Lengua, que es “inspirar o sugerir ideas”. Bueno, Luis, muchas gracias por tu ejemplo y cercanía, pero recuerda que necesitamos más de tus oraciones que de tus “soplos” para ir adelante en la vida, ayudando a otros y teniendo la humildad de dejarnos ayudar.                                                                                                                                                       

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