Opinión

Y en los tatuajes divinos brilló la luz

Foto tomada por el autor de este artículo, en el barrio de Atxuri (Bilbao). Enero, 2023.
photo_camera Foto tomada por el autor de este artículo, en el barrio de Atxuri (Bilbao). Enero, 2023.

En Los tatuajes luminosos de Dios decía que este tema requería ulteriores explicaciones y deseaba proseguirlas. Me han confirmado en este propósito dos hechos posteriores a ese escrito. El primero ha sido leer lleno de asombro, porque fue ¡el mismo día en que lo envié para su publicación!, el grafiti que encabeza estas reflexiones: “No tengo frío. Me abrigan los tatuajes”. Firmado: “Susy”.

Y el segundo, leer también -junto a numerosos correos que me expresaban pleno acuerdo con lo que decía en ese artículo-, otro que le había parecido una “tontera”; cito textualmente: “Esto es una idiotez que justifica en parte todo lo que actualmente se quiere ver como normal. Lean Levítico 19, 28”. Ahorro su búsqueda: en ese pasaje del Levítico, Dios prohíbe hacerse tatuajes.

Entiendo que a ese lector le disgustara que la práctica de tatuajes se vea hoy como algo normal, y respeto su opinión; pero interpretaba el artículo como pura defensa de los tatuajes, y en absoluto era esa mi intención porque no me pronuncio sobre gustos o costumbres que no ofendan a Dios, y pienso que tal es el caso de los tatuajes.

Otros lectores, en efecto, también lo han visto así y han salido al paso del que disentía. Isabel, por ejemplo, le responde: “…creo que no ha entendido el significado de este artículo. No hace apología del tatuaje, sino del Amor de Dios por cada uno de nosotros.” Otro lector le aclara el porqué de la prohibición del Levítico: “Dios les dio este mandato a los israelitas porque no quería que fueran como los pueblos vecinos que se grababan en la piel los nombres o símbolos de sus dioses (Deuteronomio 14:2)”. Estas tres intervenciones, aparecidas en una plataforma digital, en castellano, de Estados Unidos, confirman que el tema “tatuajes” está vivo, y merece nuevos comentarios.

Como bien señalaba esa lectora, era mi intención resaltar el Amor de Dios.  En síntesis, yo venía a decir que Dios, al crear cada alma espiritual, deja impresa su imagen en todo el ser de la persona, como sellándola con “una sed de infinito, una nostalgia de eternidad, una búsqueda de belleza, un deseo de amor, una necesidad de luz y de verdad, que lo impulsan hacia el Absoluto” (Benedicto XVI, Audiencia 11-V-2011).

Es como una huella o “marca” espiritual del Creador, que cabría comparar analógicamente a los tatuajes visibles. La huella, con la imagen divina, resultó desfigurada en la naturaleza humana por el pecado original de Adán y Eva. Y de ahí pasaba a referirme al bautismo cristiano, donde la persona recupera el brillo original de la primera luz, en virtud del nuevo nacimiento en Cristo, Hijo eterno de Dios-Padre.

Hoy deseo destacar esta maravillosa realidad de ser y saberse hijas o hijos de Dios, de un modo nuevo, gracias al agua del bautismo y a las palabras que lo acompañan. Siguiendo la analogía de los tatuajes, pero llevada al plano sobrenatural, la fe nos dice que, en ese momento, el bautizado queda “signado” con la imagen de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. San Pablo escribe a los cristianos de Galacia, y vale decir para los del mundo entero: “Todos sois hijos de Dios por medio de la fe en Cristo Jesús. Porque todos los que fuisteis bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo” (Ga 3, 26-27).

No se trata de un revestimiento externo, epidérmico, sino de una interior conformación con Jesús, que endiosa y diviniza al bautizado. Benedicto XVI, al bautizar a un grupo de niños, lo expresaba así: “El agua con la que estos niños serán signados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo les sumergirá en la ‘fuente’ de vida que es Dios mismo, que les hará sus verdaderos hijos”. (Homilía Misa 13-I-2013). Dios-Padre, nos sella con la imagen de Cristo, fuente de vida, por el amor del Espíritu Santo.

Dirigiéndose a los padres de esos niños, agregaba: “Al pedir el Bautismo para vuestros hijos manifestáis y testimoniáis vuestra fe, la alegría de ser cristianos y de pertenecer a la Iglesia. Es la alegría que brota de la conciencia de haber recibido un gran don de Dios, (…). Es la alegría de reconocernos hijos de Dios, de descubrirnos confiados a sus manos, de sentirnos acogidos en un abrazo de amor, igual que una mamá sostiene y abraza a su niño.

Esta alegría, que orienta el camino de cada cristiano, se funda en una relación personal con Jesús, una relación que orienta toda la existencia humana.” Se comprende que Francisco, ya en abril de 2013, en una ocasión análoga de bautismo de niños, preguntase a los participantes si recordaban la fecha de su bautismo, porque era tan importante como saber el día en que cada uno de nosotros ha venido al mundo. Y lo ha repetido con frecuencia, pues “es algo hermoso” el “recordar la fecha de nuestro Bautismo, porque es nuestro renacimiento, el momento en el que nos convertimos en hijos de Dios con Jesús”. (Angelus¸ Bautismo del Señor, 9-I-2022).

Hoy deseo destacar la realidad de este tatuaje invisible o sello “espiritual” y sobrenatural en Cristo, que nos hace hijos de Dios-Padre, con una filiación nueva y luminosa, que llena de seguridad, de paz y calor de hogar.  Por esto, hago plenamente mío, siempre desde una visión de fe, ese grafiti cuya foto encabeza estas líneas.

Nada más leerlo, me dije: ¡lo suscribo, ha dado en el clavo! porque, llevado al plano sobrenatural, pensé que un cristiano, hijo de Dios en Cristo, puede afirmar: “No tengo frío. Me abrigan los tatuajes”. Está claro, con lo escrito hasta aquí, a cuáles y qué tipo de “tatuajes” me refiero.

Confieso que apenas leer el grafiti me entraron enormes ganas de echar una parrafada con “Susy”. su firmante. Le habría dicho que, de verdad, me encantaba; que me gustaría saber qué tipo de tatuajes y porqué, le abrigaban a ella. No sería un abrigo de las inclemencias del tiempo, sino más bien, de los sinsabores y dificultades de la vida… Pero los motivos y contenido de unos tatuajes así, capaces de ahuyentar los gélidos y amargos momentos de esta vida, tendrían que ser muy poderosos. Ignoro cuáles eran esos motivos para Susy, y en quién o en qué pensaba cuando escribió esa frase memorable.

He conocido y tratado a un santo que lo tenía muy claro: la filiación divina en Cristo era para él la fuente de seguridad total, el abrigo de sinsabores, el “no va más”. Hablo de san Josemaría que, con los pies muy pegados a la tierra, combatió las batallas de esta vida, “con la fortaleza y libertad de los hijos de Dios”, como le gustaba decir.

La conciencia de saberse hijo de Dios, “otro Cristo”, constituía la radical esencia de su identidad como cristiano, y la motivación de todo su ser y obrar. “No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas.” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 26).

Que este santo vivía y transmitía vigorosamente esa realidad de la filiación divina, abrigo de fríos y  tristezas existenciales, lo prueba el testimonio de un joven universitario, que será protagonista de un punto de  Camino: ”Padre —me decía aquel muchachote (¿qué habrá sido de él?), buen estudiante de la Central—, pensaba en lo que usted me dijo... ¡que soy hijo de Dios!, y me sorprendí por la calle, 'engallado' el cuerpo y soberbio por dentro... ¡hijo de Dios!"--- Le aconsejé, con segura conciencia, fomentar la "soberbia" (Camino, 274).  

El tatuaje sobrenatural de la filiación divina, iluminado por la luz del Espíritu, brilló unos instantes en el alma de aquel muchacho y su corazón exultó con la alegría de los hijos de Dios. Ojalá todo cristiano conserve siempre limpia en su alma la imagen bautismal de Cristo. Es seguro que, fortalecido por el abrigo del amor de Dios, los fríos de esta vida no llevarán las de ganar. 

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jagp103@gmail.com

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