Opinión

Nos amó hasta abrazarnos en la materia

Cristo crucificado - Velázquez. Museo del Prado.
photo_camera Cristo crucificado - Velázquez. Museo del Prado.

Las líneas que siguen están centradas en el “Triduo Pascual”, corazón de la Semana Santa: así designamos los cristianos, desde una fe con raíces históricas, los días y acontecimientos sublimes con los que Cristo culminó nuestra redención. Lo confesamos en la Misa dominical: “Creo en Dios, Padre (…). Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado muerto y sepultado (…), al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos”. Afirmaciones asombrosas: creer en un único Dios, en tres Personas divinas; y que una de ellas, Jesucristo -como afirma otra profesión del Credo más explícita - “por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo (…), y por nuestra causa fue crucificado”.

Esas verdades son como “el corazón del Credo” por el lugar que ocupan en la plegaria. Pero también lo son -o deberían serlo y mucho más-, como el corazón de la existencia cristiana; porque igual que un corazón vigoroso sostiene la vida corporal, análogamente, quien cree a machamartillo que, por él, Cristo ha muerto y resucitado, no podrá menos que mantener vibrante su vida cristiana. ¿Comparación y frases bonita? Puede, pero sobre todo una gran verdad que desearía recordar con la expresión “rompedora” con que he titulado este artículo, más allá de las dulces palabras con que el Evangelio nos transmite estas verdades.

Un hombre que vio morir a Jesús porque estuvo al pie de su Cruz y se llamaba Juan escribió años después, refiriéndose a Dios Padre: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Y ahora, con palabras igualmente sencillas del mismo Jesús, recogidas también por Juan, que estaba a su lado en la Última Cena, escuchamos: “Nadie tiene amor más grande que el de dar uno la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). No habían pasado veinticuatro horas de pronunciadas y ese amor de Cristo resplandecía muriendo en la Cruz.

Lo más asombroso, sin embargo, y no es poco lo ya dicho, está aún por recordar. San Juan introduce así la narración de la Última Cena: ”La víspera de la fiesta de Pascua, como Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). Tres palabras -hasta el fin- que, a primera vista, lo dicen todo: amados hasta entregar su cuerpo y derramar su sangre, como víctima, en la Cruz. Pero no lo dicen todo, porque antes de entregar su cuerpo y verter su sangre en la Pasión, nos los había ofrecido sacramentalmente al instituir la Eucaristía, como refiere el Evangelio: “Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros.(Luc 22, 19) Sobre el vino vertido en el cáliz pronunció estas otras: ”Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”. (Luc 22, 20). Se diría que su amor le quemaba, deseoso de anticipar su entrega en la Cruz ofreciéndose ya en la Eucaristía: en un fragmento de materia sólida que había sido pan, y de materia líquida que había sido vino. Pero la fe nos dice que hay más todavía.

Todo amor verdadero anhela durar “siempre” y “eternizarse”. Por eso, Cristo pidió a los apóstoles que perpetuarán lo que él había hecho, dándoles el poder de realizarlo:”Haced esto en memoria mía” (Luc. 22, 19). Atando cabos y días -Jueves Santo, Viernes Santo y Domingo de Resurrección- sucede que, cada vez que un sacerdote celebra la Eucaristía actualiza y da vida sacramentalmente, al acontecimiento histórico del Calvario. Pero lo hace, inseparablemente, gracias a la anticipadora locura de amor de Jesús en el Cenáculo. Sin olvidar, claro está, que este misterio de amor y de humildad del Señor, tuvo su momento culmen con la Resurrección: Cristo vive glorioso. Como sacerdote, me pregunto personalmente y preguntaría a cuantos fieles participan en la Misa: ¿soy, somos conscientes de la vivísima actualidad de las palabras que pronunciamos después de la Consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús?”. Porque ¡estamos conmemorando el amor vivo y palpitante de Cristo -en el Cenáculo y en la Cruz- que entonces se hizo eterno y no pasa!

Hablamos de un amor que atraviesa los siglos y, en su eternidad, se hace también temporal. Jesús lo había anunciado, en Cafarnaúm: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna (…); permanece en mí y yo en él”. (Jn 6, 54.56). Un amor que hoy se nos entrega en su carne y sangre glorificadas. Un amor que, ¡oh locura de las locuras!, ha querido abrazarse a fragmentos de materia -que fueron pan y vino antes de ser consagrados- y después, corporalmente, a la materia leñosa de una cruz. Así es como hoy abraza Jesús nuestra miseria humana al recibirlo en la Comunión. Con razón, “este es el misterio de nuestra fe”, como proclamamos los sacerdotes nada más terminar la Consagración. Aquí, es la realidad la que supera infinitamente a la imaginación.

 ¡Qué apropiado resulta, como colofón de las precedentes reflexiones, este pensamiento de san Josemaría: “Humildad de Jesús: en Belén, en Nazaret, en el Calvario... —Pero más humillación y más anonadamiento en la Hostia Santísima: más que en el establo, y que en Nazaret y que en la Cruz.---  Por eso, ¡qué obligado estoy a amar la Misa! ("Nuestra" Misa, Jesús...)”. (Camino, 533).

Estimulante consideración para despertar la fe del cristiano y sacudir la frialdad o la rutina que haya podido insinuarse en su vida. Y especialmente, para los sacerdotes que diariamente damos vida a ese gran Misterio, y para los fieles que participen en su actualización.     

Cristo - Eucaristía expuesto en la custodia.
Cristo - Eucaristía expuesto en la custodia.

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