Opinión

Una guerra, madre de todas las batallas

Estatua del Ángel caído. Parque del Retiro. Madrid
photo_camera Estatua del Ángel caído. Parque del Retiro. Madrid

En tiempos recientes hemos visto desatada una batalla contra estatuas de personajes históricos y de símbolos religiosos. Se supone que quienes las han derribado lo harían porque los referentes personales o simbólicos de esas representaciones, encarnaban valores opuestos a los que ellos defendían. Pero pretender cancelar realidades históricas por procedimiento tan expeditivo, recuerda un poco aquella ilusión infantil de borrar la presencia de algo, haciéndolo desaparecer momentáneamente de la vista del niño, por el simple hecho de ocultarlo a sus ojos con un pañuelo.

 Los dos personajes cuyas estatuas encabezan este artículo, representan al Corazón de Jesús, en el Cerro de los Ángeles, y al Ángel caído, en el parque del Retiro madrileño. Hoy continúan tan vivos como hace 21 siglos, cuando combatieron en el desierto de Judá; y sus estatuas, al lado como quien dice y frente a frente, aunque se encuentren a 10 Kms. de distancia, apenas nada, en una península como la Ibérica, de casi medio millón de Kms2. Jamás se me ocurriría derribar la del Ángel caído y mucho menos la del Señor, tarea por lo demás inútil porque sería tanto como pretender cancelar una verdad histórica, que está en la entraña de nuestras vidas, y privarnos de las enseñanzas inestimables de Cristo en su batalla contra el demonio.

  Los cristianos sabemos bien de esa batalla, que recordaremos ahora, en el Evangelio del primer domingo del tiempo litúrgico llamado Cuaresma. Si me lee algún agnóstico o algún buscador de la verdad, le animaría a conocer esa página histórica, convencido de que una serena reflexión de lo allí sucedido le ayudaría a entender por qué, en la vida del mundo, verdad y mentira han estado siempre presentes; y se diría que hoy lo están de modo especial, como invadiéndonos por doquier, en redes sociales, sloganes, grafitis, pantallas de todo tipo y, por supuesto, en conversaciones corrientes de la convivencia ordinaria.

  ¿De qué fue aquella batalla del desierto? Sin entrar en honduras teológicas, lo que allí en el fondo se ventiló, fue el combate entre la Verdad, con mayúscula, y la mentira, representadas la primera de ellas por Cristo, que había dicho de sí mismo: Yo soy la verdad (Jn 14, 6); y la segunda, por Satanás al que Jesús calificaría, sin ambages, como mentiroso y padre de la mentira (Jn 8, 44). Aquel combate tuvo dos precedentes singulares. El primero lo recoge el Apocalipsis de san Juan: se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón y sus ángeles, pero no prevalecieron (…) Fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él (Apoc 12, 7-9). El autoengaño de Satanás, de creerse superior a Dios, provocó su rebelión. Por la soberbia rechazó la verdad de su propia naturaleza: un maravilloso ser espiritual, pero criatura al fin y por tanto inferior a Dios. Fue la guerra original, madre de todas las sucesivas batallas de la historia hasta hoy.

El segundo enfrentamiento lo provocó el ya padre de la mentira, al contagiar a la primera pareja -Adán y Eva- su propia rebelión contra la verdad: Satanás, con su propuesta del seréis como dioses (Gen 3, 5), sembró el engaño en el corazón de Eva que después arrastraría a Adán. A partir de entonces, la mentira y el engaño han proliferado en el mundo y en esa batalla seguimos.

La de Cristo frente a las tentaciones del demonio fue un modelo de cómo defender la verdad que nos hace libres. Al rechazar la provocación de convertir las piedras en pan, reafirmó la verdad de ser hombre como nosotros, al evitar servirse de su omnipotencia divina en favor propio: sabía que después del pecado -y Cristo asumió sus consecuencias dolorosas- teníamos que ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, como él mismo hizo en Nazaret. Al rechazar la tentación de arrojarse desde la cima del Templo y presentarse de modo deslumbrante y teatral ante el pueblo, enseñó que el camino para ser acogido es mostrarse con sencillez, tal como uno es, porque “la humildad es la verdad”, que diría frecuentemente santa Teresa de Jesús. Y al resistir la tentación de poseer todos los reinos y glorias de este mundo a cambio de adorar a quien no es Dios, resaltó la verdad de que sólo Él llena las aspiraciones del corazón humano, hecho para el Amor. Se comprende que Jesús, en su predicación, afirmara después: La verdad os hará libres (Jn 8, 31), que no a la inversa –“la libertad os hará verdaderos”- como algunos erróneamente han dicho. Y que en la Última Cena, pidiera al Padre para todos sus discípulos: Santifícalos en la verdad (Jn 17, 17).

Hoy, en la convivencia social y relaciones humanas de todo tipo, vemos la necesidad imperiosa de no ahogar la verdad y dejarla respirar, empezando por la verdad más esencial: no somos dioses y mal nos irá si expulsamos a Dios de nuestra sociedad para usurpar su lugar. Sucederá lo que afirmaba Henry de Lubac: ”No es cierto, como a veces se dice, que el hombre no puede organizar el mundo sin Dios. Lo cierto es que, sin Dios, sólo puede organizarlo contra el hombre”. Esto sucede al tomar decisiones que basadas en falsas premisas confirman aquella sentencia: “La primera víctima de la guerra es la verdad”, como está ocurriendo estos días con la invasión de Ucrania. El Papa Francisco ha dirigido “un llamamiento a quienes tienen responsabilidades políticas, para que hagan un serio examen de conciencia delante de Dios, que es Dios de la paz y no de la guerra: que es Padre de todos, no solo de algunos, que nos quiere hermanos y no enemigos” (Audiencia gral. 23-II-22)

Minamos la concordia humana si no respetamos la verdad, que es su fundamento. Que cada une aporte su granito de arena, para construir una convivencia fraterna, sin mentiras ni engaños. Bastará seguir el consejo del Señor  recordándonos de nuevo -y no es casualidad-, que el demonio está de parte del mentiroso: “Que vuestro modo de hablar sea: ‘Si, sí’; ‘no, no’. Lo que exceda de esto, viene del Maligno” (Mt 5, 37).     

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