Opinión

Dios abreviado

El Papa Francisco, besando una imagen del Niño Jesús.
photo_camera El Papa Francisco, besando una imagen del Niño Jesús.

«Dios abreviado» es una expresión sintética de la Navidad que celebramos ahora en medio de alegría, deseos de paz, y muchas luces. Han pasado años después de un intervalo en la costumbre cristiana de montar los Belenes, pues nunca hemos visto más Nacimientos que ahora en las calles, los comercios, corporaciones y sobre todo en los hogares con varios grandes, medianos, pequeños y diminutos. Muchos de ellos proceden de muchos países incluidos los que tienen poca tradición cristiana.

Contemplar un belén es rezar más o menos explícitamente y conectar con la fe; cantar villancicos (cantos populares de los habitantes de las villas) es una invitación a la adoración; leer los Evangelios propios de estos días es oración y ser mejores personas.

Imaginación con fundamento

Ha escrito el Papa Francisco sobre el hermoso signo del pesebre: «Con frecuencia a los niños —¡pero también a los adultos!— les encanta añadir otras figuras al belén que parecen no tener relación alguna con los relatos evangélicos. Y, sin embargo, esta imaginación pretende expresar que en este nuevo mundo inaugurado por Jesús hay espacio para todo lo que es humano y para toda criatura. Del pastor al herrero, del panadero a los músicos, de las mujeres que llevan jarras de agua a los niños que juegan..., todo esto representa la santidad cotidiana, la alegría de hacer de manera extraordinaria las cosas de todos los días, cuando Jesús comparte con nosotros su vida divina».

He visto belenes preparados con los materiales más diversos siendo los niños, como siempre, los más ingeniosos y atrevidos. Recuerdo uno con bastantes figuras alrededor del pesebre hecho con terrones de azúcar como ladrillos: la Sagrada Familia, los pastores, las ovejas, el castillo… La contemplación del Niño suele mover a la dulzura a quienes tienen el corazón abierto a los dones de Dios y esperanzas de cambiar algo en su vida.

Quienes todavía no conocen a Jesucristo y celebran la Navidad entre nosotros también dan algún paso hacia la fe, porque toda celebración cristiana permite que Dios abra nuevos horizontes en el alma, a poco que participen de la alegría cristiana que se desborda en esas fechas. Y los que han abandonado la fe también son tocados por Dios para volver a los orígenes.

Cada Navidad celebramos al Dios-con-nosotros en todo el mundo cristiano transmitiendo alegría y trascendencia a otras culturas que conviven con nosotros. A partir de esto todo lo demás debería ser reflejo de este profundo misterio que ha cambiado la vida de los hombres, siendo una invitación para abrir nuestros ojos y convertirnos de nuevo con sencillez de corazón, como esos niños que nos llevan de la mano estos días a ver los belenes o nacimientos.

Dios está con nosotros

Para quienes sabemos qué celebramos es buena ocasión de pedir a Dios la gracia de no acostumbrarnos a leer las Escrituras como una carta de Dios a los hombres de todos los tiempos, para conocerle y tratarle como se merece, con sentido de adoración, que se echa en falta en los más encumbrados, quizá por su orgullo. Muchos siembran tinieblas en lugar de dar luz.

Al ver a Dios abreviado entendemos mejor las palabras de san Juan en su primera epístola cuando anuncia: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos a propósito del Verbo de la vida (…), lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con el Hijo Jesucristo. Os escribo esto ara nuestra alegría sea completa».

Ante Jesús en el pesebre, rodeado del cariño inmenso de María y de José, querríamos sentirnos abreviados pues escuchamos ecos de la profecía de Isaías: «Se ha cumplido la palabra de Dios y ha sido abreviada», Dios se ha hecho pequeño por nosotros. Y abreviarnos también ante los demás con afán de servicio en todos los trabajos, con un verdadero interés por los necesitados, de ayudas materiales y principalmente de compañía, que es la mayor riqueza a la que todos aspiramos. Que los demás puedan apoyarse en nosotros.

La sucesión de fiestas desde Navidad hasta la Epifanía nos envuelve en la atmósfera limpia de la visión tridimensional que solamente la fe puede proporcionar.

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