Opinión

Cultura del perdón en la Iglesia

Confesión.
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Acabada la Plenaria de los Obispos su portavoz monseñor Argüello ha señalado los grandes temas tratados estos días, entre ellos: preparación del Encuentro Mundial de Familias en Roma; orientaciones para la familia y para los mayores en el contexto actual; la Peregrinación de jóvenes del próximo año; y un novedoso decreto para afrontar casos de abusos sexuales contra jóvenes.

 A instancia de los periodistas sobre los abusos recuerda que «las denuncias por abusos perpetrados por personas vinculadas a la Iglesia representan el 0,8 por ciento», del total de abusos cometidos en otros ámbitos de la sociedad: familiares, deportivos, educativos, del cine y artes escénicas; y se preguntaba por qué «el foco solo está en la Iglesia católica». El problema afecta a toda la sociedad pero la Iglesia «ha dado muestras de acogida a las víctimas y ha puesto en marcha protocolos de prevención», escuchándolas de modo personal para que alcancen la debida sanación.

Cultura del perdón y sacramento del perdón

La necesaria cultura del perdón en la Iglesia no debería sofocar el impulso apostólico y misionero en tiempos líquidos, sino encarar el futuro con esperanza cristiana. Los obispos y los laicos confiamos en el perdón, en la gracia de Dios, y en nuestra capacidad de transformar el mundo.

Recordemos que el perdón es la buena nueva que viene desde el origen del hombre, que se rebeló contra Dios y tuvo que asumir su culpa ante su Creador. Brilla así en el Génesis la promesa del Salvador y los hombres tendrán que prepararse durante una larga peregrinación hasta la venida de Jesucristo. Los discípulos de Jesús estamos llamados a perdonar siempre aunque se haga difícil al espíritu justiciero que llevamos dentro: no solamente siete sino setenta veces siete.

La Iglesia administra el perdón desde el comienzo de su existencia y se puede decir con verdad que es la «comunidad de los perdonados», a pesar de los pesares: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos los hombres los que nos cansamos de pedir perdón, repite el papa Francisco. La Iglesia practica la «cultura del perdón» en particular mediante el sacramento de la Reconciliación como oferta permanente para los pecadores, es decir para todos, si bien tiene su aplicación eficaz para los bautizados que se acercan a los ministros sagrados con fe a Dios.

«Sacramento del perdón, sacramento de la alegría, sacramento de la penitencia, sacramento de la esperanza, sacramento de la misericordia», llamamos a este sacramento de la misericordia de Dios personificada en Jesucristo mediante los sacerdotes. De ahí nace la confianza de los fieles en este sacramento como un encuentro de intimidad entre Dios y el penitente, que se realiza salvando la confidencialidad mediante el sigilo sacramental cerrado a cualquier investigación externa.

Por eso están llamados al fracaso los intentos de romper el sigilo obligando a los sacerdotes a declarar lo conocido y perdonado en la Confesión. Las antiguas Inquisiciones están acabadas y no admitirá nuevos inquisidores con puñetas ni con articulistas obsesionados con desvelar misterios que les superan. Viene a la mente aquella película antigua «Yo confieso», protagonizada por Montgomery Cliff en el papel de sacerdote débil pero fiel a su compromiso en medio de graves amenazas. Eran tiempos en los que el cine enseñaba cosas buenas, virtudes y los valores que sustentan la sociedad.

¿Ab uno omnes?

Dicho esto quizá vale la pena volver a esa cultura del perdón cuando asistimos a la caza y captura de los abusos en la Iglesia aunque hayan ocurrido hace decenas de años. Por uno se acusa a todos. Claro que un solo caso de abuso por parte de un ministro es mucho, un escándalo que requiere reparación, y en esas están todas las Conferencias Episcopales del orbe. Pero ante la necesaria reparación a las víctimas, en la medida de lo posible y no solo económicamente, no parece sensato multiplicar exponencialmente estos crímenes morales que salpican consciente o inconscientemente a los sacerdotes, fieles a su vocación que sirven a todos, en particular a los débiles, y en horas intempestivas hasta la diaria extenuación.

Nadie sensato ignora las campañas que vienen sucediéndose desde hace años contra la Iglesia católica aireando esos graves pecados con el martilleo de algunos medios debeladores del prestigio moral de la Iglesia, que silencian los abusos sexuales y psicológicos muy abundantes en demasiados ámbitos: sobre todo en familias, en mundo del deporte, no digamos del cine y espectáculos, en los profesionales de los medios de comunicación, en colegios mayores, o en los partidos políticos. Porque ,aunque salen algunos casos clamorosos, acaban por tener poca vigencia, ya que los machacantes gastan su artillería principal contra la Iglesia. El portavoz de los obispos, José Luis Argüello se ha preguntado si acaso han pedido investigar por abusos a instituciones internacionales como FIFA o el Comité Olímpico.

¿Iglesia pecadora?

Parece importante que los católicos no caigamos en estado de depresión avergonzándonos de esta «Iglesia pecadora» olvidando el esfuerzo actual y pasado por defender la vida, la dignidad de todos los hombres, potenciando la capacidad humanizadora de las mujeres, educando a los jóvenes sin memorias falsarias, atendiendo las misiones en los continentes explotados por los imperios comunistas o capitalistas, y cuidando siempre de los descartados. No parece razonable sucumbir al reflejo auto flagelador inducido a partir de esa triste realidad de los abusos, pues ya se sabe que Satanás monta sus campañas contra Dios, contra la Iglesia de Jesucristo, y contra la dignidad de las personas, a partir de un punto de verdad.

No. La Iglesia no vive de la propaganda impostada, de la mentira revisionista, de los relatos, o de las ideologías manipuladoras, sino que ilumina con el Evangelio para que los católicos y los hombres de buena voluntad no seamos víctimas del engaño asfixiante de la incultura de lo políticamente correcto.

De ahí que la Jerarquía eclesiástica en tiempos de revisionismo injusto y esterilizante esté superando la ciénaga que paraliza el impulso a la permanente Evangelización, la expansión apostólica, y las innumerables iniciativas de caridad en todo el planeta.

Gracias al Evangelio de Jesucristo y sus enseñanzas morales, a la concepción cristiana de la dignidad de las personas y a su doctrina social, los católicos no aceptaremos la distorsión de la mirada porque seguiremos trabajando con audacia y con realismo por el honor de Dios.

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