Opinión

El Vaticano y el caso del cura de Lemona

El cura de Lemona en el documental "Bajo el Silencio".
photo_camera El cura de Lemona en el documental "Bajo el Silencio".

Hagamos una foto fija de lo ocurrido con el caso del cura de Lemona, Mikel Azpeitia, o cuando la realidad supera a la ficción. Lo digo por el don Serapio de “Patria”, una serie, antes novela, obligatoria.

Se entiende que los sacerdotes, según el Código de Derecho Canónico vigente, de deshecho canónico para algunos, preceptúa que los sacerdotes antes de ir a los medios tienen que pedir permiso. En algunas diócesis se cumple a rajatabla, por eso de que nadie se mueva y salga en la foto sin la doctrina oficial.

Las cuestiones de proceso no invalidan la sustancia del caso, pero aquí no es lo mismo decirle al cura que se le va a entrevistar para una serie de televisión, para un telediario, para unas prácticas de la universidad o para una tesis doctoral. Por cierto, se ve que el sacerdote habla en euskera, porque cuando se expresa en español lo hace traduciendo, para más inri, por cierto. Los matices se complican.

El cura de Lemona dice lo que dijo y no lo voy a repetir. Y lo que dijo no solo lo dice el cura de Lemona. Haberlos, haylos. No sé si son muchos o pocos. Pero existen y de vez en cuando se manifiestan. El follón está servido. Máxime ahora que Sánchez gobierna con el apoyo de los herederos privilegiados de ETA y se necesita actuar por ese flanco, también.

Con lo que no contaban es con la reacción del obispo saliente, y su consejo episcopal, entre los que está el llamado “heréu”. Monseñor Mario Iceta resuelve la crisis en menos de 48 horas, en dos tiempos, un primer y rápido comunicado, que no dejaba duda alguna, y un segundo ya con la carta de salida que le había escrito el cura de Lemona.

Esa crisis, en su dimensión eclesial interna, no se hubiera podido resolver así, con claridad, con contundencia, sin fisuras, ni dudas, si no se llevara mucho tiempo trabajando internamente en esta cuestión. Tanto desde el punto de vista de la contribución de la Iglesia al proceso de reconciliación, como del acompañamiento a las víctimas, como del de la clarificación de las ideas, doctrinas, formas de vida eclesial, intersecciones... Claro que las declaraciones del cura son tan lamentables, tan atentatorias contra el Evangelio de la vida, que no dejan escapatoria.

Y aquí radica la cuestión de fondo que atañe al Vaticano. La diócesis de Bilbao está en estado de administrador. Cada dos por tres, en diversos medios, se sentencia al obispo de San Sebastián. ETA, sobre todo el dolor de las víctimas, como se acaba de demostrar, no es una cuestión cerrada del pasado en la sociedad española. Sobre todo en una parte del electorado. Es una pelota que se utiliza por parte de la política, la de altos vuelos y la de bajos. Aquí no parece que haya posibilidad de muchas distinciones.

Pero también es proceso que implica una pedagogía social. La demoscopia nos había dicho, en este clima de vuelta del caso de ETA, que las nuevas generaciones no saben cómo asesinaron a Miguel Ángel Blanco. Ni cómo vivió en el zulo Ortega Lara. No olvidemos los fundamentos ideológicos del Movimiento de Liberación Nacional Vasco, la ideología subyacente de ETA, ese marxismo radical liberacionista, por cierto tema que no se abordó suficientemente en el juicio moral de la Iglesia.

El Vaticano tiene que decidir ahora a quién manda a Bilbao, y qué hace con la Iglesia en el País Vasco. ¿Se dará cuenta de lo que significaría un error, una duda, un movimiento en falso en esta cuestión? ¿Qué hubiera ocurrido si se produce este caso con un obispo, y un consejo episcopal, que no tuvieran las ideas tan claras?

Hace tiempo que escribí, en esta mismas páginas sobre “Patria” y su don Serapio. Estos días de puentes confinados estoy de lleno metido en las series, las de ficción  y las documentales, sobre ETA. He vuelto a sacar las carpetas de aquel libro de la BAC “La Iglesia frente al terrorismo de ETA”, que tanto me enseñó de esa querida tierra, de sus gentes, de su Iglesia, de su sufrimiento. De nuevo, el proceso de “Valoración moral del terrorismo, de sus causas y de sus consecuencias”, documento del que no se ha escrito aún todo. Habrá que hacer lo algún día.

La política discurre por sus cauces y, no pocas veces, se mete de por medio en la vida de la Iglesia. Ojo a los temas sensibles para los medios. Lo que nos faltaba ahora es tener en la Iglesia en España otra brecha abierta.  

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