Opinión

Un Papa, un cardenal, un libro

Benedicto XVI y el cardenal Robert Sarah.
photo_camera Benedicto XVI y el cardenal Robert Sarah.

Y un Prefecto de la Casa Pontificia, un publicista que le llaman ahora para cada cardenal, un lío, una película, una Iglesia católica, una concepción del ministerio sacerdotal, lo uno y lo múltiple, el eterno problema de la filosofía. 

La película “Los dos papas” está haciendo más daño del que parece. Se dice que la realidad supera a la ficción. En este caso, la ficción está provocando un efecto perverso en la realidad. Muestra de ello es la frecuencia con la que en las crónicas de lo sucedido en los últimos días se ha citado el famoso film de Fernando Meirelles, en el que, por cierto, la interpretación de Jonathan Pryce es tan buena que la distancia con la realidad es muy corta. Ahí es documental. Sin embargo, la distancia entre la realidad de Benedicto XVI y su interpretado es tan abismal como la semejanza en el de Francisco. Una clave de la película.

Pero volvamos a la realidad. Cuando aparecieron las primeras noticias sobre el libro, pensé que este libro iba a hacer mucho bien a no pocos sacerdotes, en un tema que tiene mucho gancho para los medios, pero que, al fin y al cabo, se ha convertido en una bandera entre los dos inevitables bandos de esta lamentable situación por la que atraviesa la Iglesia.

Una contribución de Benedicto XVI a la teología del sacerdocio, a la reflexión sobre el celibato, siempre es esperada. Un texto del cardenal Sarah, siempre es bien recibido por todo aquel que no tenga prejuicios. El Benedicto XVI que escribe ahora es el mismo que presentó su renuncia en conciencia, no lo olvidemos. Sus facultades físicas pueden estar más o menos mermadas, pero las mentales y su capacidad de analizar y penetrar la realidad es la misma. Por cierto que un periódico español decía que no podía escribir, que estaba muy limitado, que… y otro decía lo contrario. Tengámoslo en cuenta.

Por cierto, quien ha estado hace poco con él me comenta que físicamente está limitado, pero en la
conversación, en las ideas, en la memoria, en el juicio de la realidad, incluso, como siempre.
Después comenzó a rodar la bola, e inmediatamente se me ocurrió preguntarme “Qui prodest?”, quién se beneficia o a quién va a beneficiar esta historia. Claro que había que saber qué ocurrió en realidad.

A estas horas, lo que parece que tenemos claro es que el libro va a parecer con la autoría del cardenal Robert Sarah y con el añadido de “con la contribución de Benedicto XVI”. Por lo tanto no se deshace el libro, se retira la firma conjunta en la portada y en un par de textos, pero ahí está la aportación.

Y llegó el espectáculo de las primeras “Fuentes cercanas a Benedicto XVI”, diciendo que si no sabía, que si no había autorizado, que si no tenía idea, que si… Hombre, no niego que no existan ahora cardenales Fouché, o Villarejo en español, -de esto podemos hablar en otro momento-, pero me cuesta mucho admitir que el cardenal Robert Sarah sea uno de ellos y  que le hiera querido jugar una pasadita a Benedicto XV utilizándole. Es más, si tengo que reconocer algo es que el cardenal
Sarah de pecar, pecará de ingenuo.

Las pruebas del cardenal Sarah, el comunicado oficial, la rectificación de Prefecto de la Casa Pontifica en las dos direcciones, el papel de determinados vaticanistas y la conclusión. Todo ello se convertía en algo más que un episodio rocambolesco en el que distinguir entre la verdad y las medias verdades es más complicado que hacerlo entre la verdad y la mentira.

¿A quién beneficia esta polémica? No lo sabemos. A la Iglesia católica, no. A la verdad, tampoco. A la defensa del celibato, puede ser. A la correcta recepción de la Exhortación Apostólica de la Amazonía, veremos. A que se clarifique lo que está pasando en el Vaticano, me temo que no, porque algo grave debe estar pasando.

Lo que sí podemos sospechar es que si alguien pensó que el cardenal Sarah tenía alguna posibilidad en un Cónclave futuro, que se vaya olvidando. Por lo tanto se frotan la manos sus sempiternos detractores. También queda muy en entredicho la figura del Prefecto de la Casa Pontificia, un hombre entre dos orillas, entre dos despachos, entre dos casas, entre dos portadas… No digamos el papel de los publicistas de los cardenales –ya no hay cardenal que se precie que no tenga un periodista al lado- y de las maquinarias mediáticas. Trascendamos las personas protagonistas y vayamos a los entornos.

Quizá los entornos no son la solución, que para eso están, sino el problema. Y las vías oficiales y oficiosas de la comunicación vaticana. La oficial de Tornielli con el impoluto comunicado primero, y las oficiosas con las fuentes siempre reservadas. Un doble juego que no suele acabar bien.

Por cierto, también me acordé de que el Papa Francisco, el único Papa, ha invitado siem pre a que se diga lo que se piensa, a que se debatan los temas, a que se le digan las cosas. ¿Esto vale para todo el mundo y no para Joseph Ratzinger, una de las mentes más brillantes de nuestro tiempo? El problema está que en su momento dijo que no iba a decir nada. Pero qué estará pasando para que se vea
obligado a intervenir en público. No una vez, sino varias ya en temas claves.

Otro principio que se remonta a la aplicación de la teología de H. U. Von Balthasar y que cita el Papa Francisco, la dialéctica de los contarios que no se sabe si son complementarios. En resumen, habrá que dejar pasar el tiempo para que descubramos quién se ha aprovechado de esta polémica, que trasciende con mucho la epidermis de la Iglesia y del Vaticano. Atentos a las próximas jugadas, es decir, a las derivadas aún ocultas. 

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