Opinión

La sorpresa de La Granda

Cursos de La Granda.
photo_camera Cursos de La Granda.

Me sorprende el hecho de que el curso de verano sobre contenido teológico más relevante de los que hayan tenido lugar este verano ha pasado tan inadvertido.

Se ha celebrado en La Granda (Asturias) durante los días 25 a 27 de agosto. Dirigido por el obispo auxiliar de Madrid, monseñor Juan Antonio Martínez Camino,  se titulaba “La pandemia global de 2020 ¿Para un cambio de época? Lecciones filosóficas y teológicas”.

En la web de los cursos de La Granda se pueden escuchar gran parte de las conferencias pronunciadas por, entre otras personalidades, el abad general del Císter, Mauro-Giussepe Lepori, los teólogos Ángel Cordovilla, José Granados e Ignacio Carbajosa, el obispo Alfonso Carrasco Rouco, el científico César Nombela, o los profesores Álvarez Tardío y Sánchez-Migallón, entre otros.

Por cierto, que no hay que perderse, en las grabaciones que se publican en la citada página, los comentarios a modo de moderación y glosa de monseñor Martínez Camino. Es sorprendente en la Iglesia católica, también en España, ocurran determinadas cosas sobre algunas personas.

Volviendo al curso: dos ideas sobre la conferencia de monseñor Alfonso Carrasco Rouco, que no en vano los obispos le eligieron presidente de la Comisión de Enseñanza y Catequesis, de la Conferencia Episcopal. Versaba su intervención sobre la Iglesia, pueblo de Dios en el mundo, en tiempos de pandemia, para sintetizar. Un texto sobre eclesiología del Vaticano II de esos que se escuchan pocas veces.  

La situación actual de la pandemia plantea un gran desafío que tiene analogías con el que afrontó el Concilio Vaticano II. La respuesta debe estar en continuidad con la de entonces. Se han puesto en cuestión algunos aspectos sobre la forma en las certezas que dominaban la sociedad. Vivíamos en una gran seguridad, puesta en cuestión por la pandemia, en un horizonte positivista en el que la Iglesia parecía no tener una misión adecuada a la altura de los tiempos. Se altera la situación socio-económico, nuestras formas de bienestar. El equilibrio sobre la realidad se pone en duda.

Se imponen las exigencias y las urgencias de las personas. La persona, cada persona, es la clave. No nos protegen las seguridades anteriores; no funciona la utopía. La afirmación del ahora, que apremia incluso ante la muerte, nos está obligando a centrarnos en la persona, en cada persona. Tenemos mayor conciencia de la unidad de la humanidad. La responsabilidad ética se vuelve universal. Las lecciones éticas, referidas al cuidado de la persona y a lo que supone su encuentro con Cristo, si se aprenden, nos harán progresar.

           

           

             

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