Opinión

El Sínodo del Evangelio “sine glossa”

El Papa Francisco y jóvenes.
photo_camera El Papa Francisco y jóvenes.

Cuando llegue esta columna a los lectores, ya habrá comenzado el Sínodo de los obispos, el tercero convocado por el Papa Francisco, después del doble sobre la familia.

Si bien el motivo hace referencia a los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, parece que nos hemos olvidado la fe y el discernimiento vocacional. La opinión pública se ha centrado solo en los jóvenes y sus demandas.

Además de los participantes en el Sínodo, 266,  habrá 36 jóvenes que estarán presentes, con voz pero sin voto, en los grupos de trabajo denominados lingüísticos.

El cardenal Baldisseri, a la hora de presentar esta asamblea, ha dicho, y con razón, que “la Iglesia no tiene miedo de afrontar los desafíos, que siempre son difíciles e insidiosas”.

Hay quien está preocupado por el hecho de que el Sínodo sirva de puerta falsa, o verdadera, para plantear las demandas de determinados jóvenes, -que no de los jóvenes, como si todos los jóvenes pidieran lo mismo-, respecto a cuestiones referidas a la moral sexual, la homosexualidad y las denominadas temáticas de género. Lo que algún sociólogo denominó “cristianismo de baja intensidad”.

La radicalidad de las exigencias de los jóvenes estarán presentes, sin duda, en los diálogos y en las propuestas. Pero también estarán presentes la crítica y la autocrítica, aspecto este último del que, sin duda, adolece la juventud. Estará presente la crítica a los valores de lo que se ha definido como el juvelinismo y la autocrítica de un segmento de la sociedad mundial conformado por la globalización y deudor de tendencias compartidas, como son los procesos de creencia sin pertenencia y de desistitucionalización de los referentes personales y sociales.

La juventud hoy está relacionada con dos procesos: la libertad y el individualismo. Este Sínodo será una magnífica oportunidad para reflexionar y profundizar en la necesaria respuesta a esos dos procesos y sus implicaciones en la fe y en el discernimiento vocacional. Las relaciones entre libertad a la hora de la decisión de fe y de la decisión vocacional en un contexto profundamente individualista serán dos retos importantes.

Se trata, por tanto, de proponer a los jóvenes un Evangelio “sine glossa” y una forma de vida acorde con el Evangelio que sea camino de esperanza para el futuro de la humanidad.  Un proceso de diálogo, conversación serena, que servirá para una búsqueda compartida de lenguajes y formas de acompañamiento a los jóvenes. Si los jóvenes son por naturaleza contraculturales, seguro que descubrirán las semillas de “contraculturalidad” de la propuesta de la Iglesia.

Como dice el papa Francisco en su “Evangelli Gaudium”, en el Sínodo se oirán las exigencias de Jesús para que los jóvenes las “acepten y reciban con sincera apertura, sine glossa, es decir, sin comentario, sin elucubraciones y excusas que les quiten fuerza” (n. 97). ¿O acaso el testimonio coherente de vida evangélica sine glossa no ha sido el que, a lo largo de la historia, ha atraído a los jóvenes?

Si es cierto que la Iglesia no ha encontrado la forma adecuada de hablar sobre determinadas cuestiones, no lo es menos que su comprensión de la persona, de su sexualidad, y de las relaciones entre amor, sexualidad y felicidad, sigue siendo una propuesta válida contra la trivialización que imponen los agentes culturales y antropológicos dominantes.

Como escribe en un libro reciente el profesor Rafael Gómez Pérez, filósofo y profesor universitario, sus memorias de joven en Roma, “cuando se pretenden dar “facilidades”, ceder ante lo que pide una supuesta opinión pública, las reacciones mayoritarias son: o acudir a una Iglesia más exigente o, simplemente, desentenderse de todo el asunto”.

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