Opinión

Rouco ha dejado de ser una persona

El cardenal Rouco Varela.
photo_camera El cardenal Rouco Varela.

A propósito de algunas informaciones sobre lo ocurrido con la elección de Secretario General de la Conferencia Episcopal, la pasada semana, -por ejemplo la de “La Vanguardia” que titulaba “Los obispos moderados ganan la batalla a Rouco”-, he pensado escribir esta columna titulada “Rouco ha dejado de ser una persona”.

Sí, el cardenal Rouco ya no es una persona, es una doctrina, una idea, una especie, un sambenito. Para no pocos, si no existiera el cardenal Rouco, tendrían que inventarlo.    

Ya sé que hay lectores, ocultos con nicks sugerentes, que se ponen muy nerviosos cada vez que escribo sobre el cardenal Rouco. Y que salen con la monserga de que qué vas a decir si es tu amigo. Eso, por ser fino. No lo niego. Es mi amigo, como otros muchos obispos, arzobispos y cardenales. Aquí y fuera de aquí.

Por cierto, como me enseñó un buen amigo sacerdote y periodista, hoy exiliado, lo nuestro es estar no con los que tienen el poder, están en el vértice de la pomada, dictando sentencias a diestro y siniestro. Lo nuestro es estar con quienes son preteridos, están olvidados, son víctimas, que las hay y de muchos tipos.

Pero lo que está claro, y acaba de ocurrir la pasada semana, es que, en determinados sectores de la Iglesia en España, siguen necesitando a Rouco más que casi Rouco a sí mismo.

Sospecho que muchas de las personas que utilizan el nombre de Rouco no han hablado con el cardenal Rouco hace meses, años, lustros. Por lo tanto, no saben ni lo que piensa, ni lo que dice, si es que dice algo, ni lo que se imagina.   

Simplemente en esa especie de dialéctica que oculta algo es muy fácil hablar de Rouco, citar a Rouco, mentar a Rouco. Y no se dan cuenta, o sí, que están convirtiendo al cardenal emérito de Madrid en una doctrina que va a perdurar más allá de la persona. Es decir, que están trasformando al cardenal Rouco en un emblema, en una especie, en un signo, en una cosmovisión que permanecerá en el imaginario colectivo durante muchos años.

Eso, o que lo que el cardenal Rouco hizo en el pasado por la Iglesia es tan evidente, y de tan largo alcance, que no es fácil evitarlo.

Lo lamentable de esta historia es que quienes utilizan esta estrategia, convertida en argumento, son los que después hablan de la comunión que propugna el papa Francisco. Es decir, haced lo que yo digo, pero no hagáis lo que yo hago. Una vieja historia…

Por cierto, no hace falta que recuerde lo que el Papa Francisco dice sobre los abuelos y las personas mayores en las familias, en la sociedad, en la Iglesia.  

En fin, que sigue habiendo quienes en la Iglesia en España necesitan al cardenal Rouco. Y que mientras puedan responsabilizar al que fuera arzobispo de Madrid, y presidente de la Conferencia Episcopal no poco tiempo, de sus dislates, todos nos quedamos tranquilos.

Incluso, se da el fenómeno de que, para dar valor a sus éxitos, hay quienes tienen que mentar también a Rouco, como si se midiera lo que han conseguido en la regla de ese criterio. Con demasiada facilidad se olvida que en la Iglesia, también, si alguien gana, ganamos todos; si pierde, perdemos todos, por utilizar conceptos no muy teológicos.

La otra hipótesis es que el cardenal Rouco haya hecho escuela, y que haya obispos rouquistas que incluso ya no necesitan a Rouco, por convicción o conversión, pasado ya el tiempo.

Pero éste es otro capítulo del largo libro de la Iglesia en España: el que oscila entre las traiciones al cardenal Rouco a las conversiones de última hora. Un capítulo del que aún es pronto para hablar, y que dejo para, ése sí, un futuro libro. 

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