Opinión

Pero, ¿quién es el Alcalde de Madrid?

José Luis Martínez-Almeida guardando un minuto de silencio por las víctimas del coronavirus.
photo_camera José Luis Martínez-Almeida guardando un minuto de silencio por las víctimas del coronavirus.

Diario del Coronavirus, 10.

Estaba dispuesto a escribir sobre la urgente necesidad de un gabinete de crisis para la Iglesia en España, cuando se ha cruzado una noticia vía washap. Sí, el washap, polémico sistema chequeado por el sistema. Como si antes no lo estuviera…

Me iba a fijar en la crisis comunicativa, que lo es de primer orden. Parece que las lecciones del pasado no se aprenden con facilidad. Si ya cuando la pederastia nos llovieron por activa, media y perifrástica, con una pasividad de respuesta asombrosa –menos mal que el tema no tenía recorrido-, ahora estamos en un segundo momento de la comunicación institucional de la Iglesia de un silencio clamoroso, apabullante, sin capacidad de generar acontecimientos, sin introducir la más mínima sorpresa, con los medios eclesiales en las trincheras, con una insuficiencia efectiva de una palabra significativa y de una imagen atractiva, sin relaciones a determinados niveles...

Es incomprensible que uno de los vídeos más vistos y viralizados haya sido el de la Bendición con el Santísimo de la Nunciatura. Por más que lo haya grabado el “caballo blanco de Santiago” y se hayan dicho auténticas machadas para deslegitimar ese vídeo y a sus protagonistas y a los que lo publicaron.

Quizá todo lo anterior sea síntoma de una ausencia de liderazgo comunicativo -¿y de otro tipo?-, que tiene sus explicaciones en el corto y en el largo plazo. Pero, de momento, vamos a dejarlo ahí.

Iba a hablar de la crisis económica “intra ecclesia” que se avecina, de la ausencia de datos reales -¿transparencia?- respecto a los fallecidos, tanto en el ámbito secular como en el de los institutos religioso que, me cuentan, son dramáticos.

Pero cuando estaba en ésas, quizá influido por la lectura de una serie de informes técnicos sobre comunicación de crisis en instituciones políticas y sociales, recibo un mensaje de un sacerdote de Madrid.

Para que se sitúen. Escribo esto que ustedes leen ahora el martes por la noche. El mensaje dice así. Por cierto, me voy a guardar el nombre de la parroquia porque es lo que le faltaba al buen párroco:
“Este mediodía una parroquia de Vallecas necesitaba 30 voluntarios para descargar, organizar y repartir comida a personas necesitadas. Como los voluntarios habituales están confinados, el párroco pide a policías y bomberos algún voluntario. Y cuando estamos allí, como uno más se presenta el alcalde, sin protocolo, sin medios de comunicación, sin estar en campaña, y con unos cuantos concejales y concejalas más, se han pasado tres horas doblando el lomo y currando
de lo lindo...”.

Y yo me pregunto, ¿quién es el Alcalde de Madrid? ¿De dónde ha salido este señor que se llama José Luis Martínez-Almeida? ¿De qué planeta viene? Y que conste que, aunque tenemos amigos comunes, creo que una vez le dí la mano y nada más. Es más, apareció este verano, un domingo, en misa en mi puebluco, y ni nos acercamos al final a saludarle, como debieran haber hecho dos buenos madrileños adoptivos.

Ya está. Quien le hace la campaña de imagen a la Iglesia en Madrid es el alcalde. Hacía unos días, sabíamos de la carta que había enviado a los párrocos, con un paquete de torrijas, para agradecerles lo que estaban haciendo por los madrileños. Y ahora nos enteramos, o no del todo, de este pequeño acto de buen samaritano.

No necesito añadir más, ni fijarme en más en las periferias, porque se me entiende todo. Decían que el mejor alcalde, el Rey. Pues no, el mejor alcalde, creo que del PP presente y espero que del futuro, es Martínez-Almeida. Y el mejor Rey, Felipe VI, por cierto.

Y como a mí se me suele ir la cabeza a la Historia, no voy a recordar lo que Eusebio de Cesarea decía en su “Vida de Constantino” –lo que me falta, ¡¡¡el Constantinismo!!!-. Escribió del Emperador algo así como “ego vero in his quae extra geruntur a Deo sum Episcopus constitutur”. Es decir, y perdón por mi mal latín, -me saltaba las clases de don Jesús Amieva y estoy deseando poder dedicarme algún día a retomar el latín y el griego-, le llamaba al Emperador laico, “el obispo de los de fuera”.

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