Opinión

Mi querido Joaquín… que estás en los cielos

Anastasio Gil, en un encuentro con el Papa Francisco.
photo_camera Anastasio Gil, en un encuentro con el Papa Francisco.

Querido Joaquín,
La última vez que nos vimos, en medio de una Semana de Misionología de esas que organizaba con primor nuestro recordado Anastasio Gil –dale un fuerte abrazo-, me señalaste una imagen de Papa Francisco y me dijiste aquello de “Paco, ¡quién nos lo iba a decir!”.

Sabes mejor que nadie que no pocos de mis dientes periodísticos, y quizá algún colmillo, me salieron a tu sombra. Mejor dicho, en la misma mesa radiofónica, y en la mesa de mantel, en la que tú siempre ejercías de gran maestro.

Aquellos tiempos de libertad en la Linterna de la Iglesia, con mixtura generacional, de sensibilidades, ímpetus, perspectivas, nada monolítica, con el profesor Laboa como ejercicio de profetismo.

Recuerdo cuando nos pusimos manos a la obra para preparar aquel volumen “La Iglesia frente al terrorismo de ETA”. El diseño, los problemas que surgieron cuando algún obispo del País Vasco protestó porque cómo iba a trabajar ese tema alguien que no tuviera el Rh + vasco.

Luego, la decisión de incorporar a otro autor, y la elegancia de esa persona –algún día contaré más- que renunció al protagonismo sobrevenido, al tiempo que se ofrecía a colaborar conmigo en lo que hiciera falta.

Recuerdo en una comida, hablando del sacramento de la penitencia, que dijiste que en España, la confesión, es decir, el sacramento de la penitencia, lo habían salvado “los curas del Opus” y algún religioso de hábito. Cuando nadie confesaba, cuando proliferaban las absoluciones colectivas, cuando aún a los obispos les preocupaba que se extendiera esa fórmula tercera, o cuarta, o quinta,
ahí estaban esos santos sacerdotes sentados en el confesionario.

Recuerdo tus confidencias de la época de trabajo en la Vicesecretaría de Información de la Conferencia Episcopal Española. El modelo Ortega, que llamábamos. Qué tiempos aquellos. Qué claridad en el diseño de la política informativa, qué altura de miras, qué vocación de servicio. Después llegaron las tormentas, ya sabes, la climatología en la calle Añastro suele ser adversa, de
marejada a galerna.

Y recuerdo tu hondura sacerdotal, aquella paciencia casi paternal, tu finura espiritual, tu más que relevante cultura, tus teología, clásica, sin duda, pero aseada con abundantes lecturas. Eras el digno heredero de una generación puente, la posterior a don Lamberto y Martín Descalzo, que después no ha tenido continuidades verificadas.

En varias ocasiones le pregunté por ti a tu señor arzobispo, don Fidel, de quien me hablaste la última vez que nos vimos maravillas –espero que se enteren algunos-. Me dijo que te habías “introyectado”, como diría don Olegario, que habías hecho un mutis por el foro interior.

Ahora, no lo dudo, has abrazado a todo el muestrario de santos y de cristianos de los que te sentías orgulloso. Como yo, de haberte conocido, y admirado, e imitado, y seguido.
Intercede, por favor, por mí, y por los míos.

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