Opinión

El problema de la desconfianza

Leía en estos días pasados un libro entrevista de Ignasi Moreta al monje de Monserrat y antropólogo Lluís Duch, publicada en Fragmenta editorial.

Soy muy selectivo respecto al pensamiento de este autor, recientemente fallecido, incluso a la hora de aprovechar sus materiales. Me interesan más algunos de los horizontes de su sistema de pensamiento que sus afirmaciones sobre la realidad contingente, que, no puedo negar, son deudoras de su sistema. Lo que más me ha llamado siempre la atención es cómo plantea las relaciones entre política y religión, y comunicación, política y religión.

En un momento de la citada entrevista se refiere al problema de la confianza. La tesis parte de la idea de que en las estructuras de transmisión, y yo añado de transmisión de la fe, para ser auténticas y viables, tiene que estar presente la confianza.

Si no hay confianza, en la familia, en la Iglesia, en la comunidad, la transmisión se vuelve epidérmica, incluso genera patologías.

El gran déficit de nuestra sociedad, y espero no tener que escribir de nuestra Iglesia, o de algunas diócesis, es que se ha quebrado la confianza. La desconfianza se ha convertido en una atmósfera compartida por una inmensa mayoría de nuestros contemporáneos.

Una raíz, en este proceso de generalización de la desconfianza, está en acercarnos al otro –persona-, a lo otro –realidad-, desde la sospecha y no desde la sorpresa.

Lo cristiano siempre es la sorpresa, que entronca con la novedad de la gracia, y no la sospecha, fruto del pensamiento y de la actitud que propugnaban los “padres de la sospecha”. Una Iglesia basada en la desconfianza se convierte en irrespirable porque afecta al núcleo de la fe.

Esto suele ocurrir también cuando se da lo que el pensador Alfred Schültz define como la ruptura “con el mundo dado por garantizado”, se rompen los puntos de partida efectivos y afectivos, la vida en definitiva.

El gran antídoto contra la desconfianza es el testimonio del testigo, que en palabras de Paul Ricoeur, “es aquella persona que basa la verdad de lo que dice en la veracidad de su propia vida”. No es una cuestión demostrativa, nos dice Duch, sino mostrativa –ver Wittgenstein-.

Pues bien, a nivel eclesial, por desagracia, no es infrecuente últimamente encontrarse con personas que llevan puesta en la frente el cartel de “Yo desconfío de ti porque tú eres…”, personas con las que nunca has hablado, que nunca has saludado y cuyo primer gesto es una declaración de desconfianza, en el mejor caso. Una actitud que me parece alejadísima no solo del Evangelio de Jesús, por cierto, sino de la más mínima educación e inteligencia de la realidad.

¿Qué pasa en una Iglesia en la que las relaciones entre los diversos niveles, actores, comienza a basarse en la desconfianza? El obispo desconfía de sus sacerdotes, los sacerdotes de sus sacristanes, los sacristanes de los monaguillos, todos de los fieles y los fieles entre sí, y así... ¿Qué pasa en una diócesis en la que los que están ahora desconfían de lo que hicieron los que les precedieron?

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