Opinión

El Nuncio, Tatary y el cardenal Pell

Cardenal Pell
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Diario del Coronavirus, 8.


Y ustedes se preguntarán qué tienen que ver el Nuncio de Su Santidad en España, monseñor Bernardito Cleopas Auza, con el recientemente fallecido Riay Tatary y con el cardenal Georges Pell. Y, si me apuran, con la Semana Santa. 

Pues me explico. No sé si a Don Bernardito le dio tiempo de saludar y conocer a Riay Tatary. Y no sé si ha tenido relación con el cardenal Pell en su época de Secretaría de Estado. Es posible que sí. Si hay un categoría filosófica que ha estado de moda en los últimos tiempos ha sido la del “cuidado”.

Heidegger nos enseñó que el cuidado es el requerimiento interno del dominio del hombre para seguir siéndolo, su interno y originario designio. No hay una antropología adecuada sino entendemos, en clave teológica, lo que significa el cuidado del Dios hacia el hombre y el cuidado de la Iglesia hacia
la humanidad, máxime en un momento, como estamos viendo, en el que es tan evidente la autodestrucción de lo humano.

La Semana Santa es un movimiento privilegiado para desentrañar esa forma de cuidado de Dios a la humanidad en la persona de su Hijo. Un cuidado que afecta a las realidades que configuran lo humano, la vida, la muerte, el sentido, el anhelo de eternidad.

Se decía que estábamos en una sociedad de cuidados, y ya vemos que hay demasiados fenómenos que se nos escapan. El que cuida comprende y se comprende, en la media en que al asumir el cuidado del otro le hace propio.

Comprender la forma en la que Dios, a través de Jesucristo, ha cuidado a la humanidad es comprender el misterio de Dios; cómo Dios hace propio al hombre para redimirle, para hacer posible el retorno al amor.

Me acordé de esta reflexión, que le debo en perspectiva a mi amigo Higinio Marín –como podrán leer los lectores dentro de unos días- cuando vi el vídeo en el que el Nuncio de Su Santidad en España, monseñor Bernardito Cleopas Auza, acompañaba la Santísimo por las calles adyacentes a la Nunciatura en una presencia de cuidado sacramental.

Quien llevaba la custodia era monseñor Michael F. Crotty, recién nombrado Nuncio en Burkina Faso. También pudimos ver al resto de los Consejeros de Nunciatura y a las hermanas.

Entiendo que el desvelo por las personas de las residencias a las que llevaron la Bendición del Señor es un acto de cuidado espiritual, de comprensión del valor de la presencia de Cristo, de su Bendición, de la Alabanza, hacia quienes necesitaban de ese Amor que sana y salva. En lo humano, cuando no podemos besar a la persona a quien amamos, al menos nos encanta verla.

Me sería muy fácil hacer un repaso de las imágenes, fotos, vídeos, en estos días pasados, de personalidades de la Iglesia con el Santísimo, o acompañando al Santísimo, por las calles de España. Pero no lo voy a hacer.

Si hubo una persona que entendió lo que significaba el cuidado del Islam, es decir, el respeto y el sentido de su naturaleza histórica, para que no se convirtiera en algo que no fuera el Islam, fue Riay Tatary, a quien los españoles debemos mucho más de lo que parece. Falleció hace unos días por causa del virus. Era el presidente de la Comunidades Islámicas de España. En el mes de julio estaban previstas unas nuevas elecciones para esa presidencia. Los que saben de esto auguraban ya problemas en el horizonte entre otras razones por la pretensión de este gobierno de meter la mano en el proceso.

Entre otros datos de su vida, de esa bonhomía personal que trasparentaba una paz que solo podía tener su raíz en Dios, está el hecho de que Riay Tatary hizo todo lo posible para que los fieles al Islam en España no se sometieran a obediencias políticas y económicas ajenas a nuestra realidad española. Es decir, que no entraran en una dinámica de religión política al servicio de intereses espurios que modificara la naturaleza de esa religión en el hoy y en el aquí. Vamos a ver qué ocurre el futuro.

Y del mosaico de noticias dignas, en sí mismas de un artículo, está la de la exculpación del cardenal Georges Pell. Cuatrocientos cuatro días en prisión, un calvario, una auténtico tiempo de pasión desde el mes de junio de 2017 en el que la policía le acusó de cometer abusos sexuales. Ahora, en sus primeras declaraciones, ha dicho que “la única base de la justicia es la verdad”.

Mucho habrá que reflexionar del paradigmático caso del cardenal Pell. Un cardenal cercano al papa Francisco, responsable de la economía de la Santa Sede, con una personalidad, sin lugar a dudas, recia y con una adecuada comprensión teológica del papel de la Iglesia en el mundo, se convirtió, de la noche a la mañana, en el chivo expiatorio, en el caso perfecto. Su tenacidad, el trabajo profesional y la
confianza en la verdad han hecho posible que, al final, la última instancia apelada le haya exonerado de una acusación falsa.

De entre las muchas preguntas que habrá que hacerse hay una evidente. Sabemos que la justicia es humana, -la civil y la canónica, por cierto-. Pero, ¿quién va ahora a resarcir la fama, la honra, el honor, del cardenal Pell? ¿Quién va ahora a restaurar el daño que a su persona y a su ministerio se ha hecho? ¿Quién cuidará ahora del cardenal Pell? ¿Se acuerdan del cardenal Barbarin?

Quieren que aventure una hipótesis. Sus amigos. Los primeros dedicados al cuidado de los otros son los amigos. Estar en el mundo es tener amigos. Amigos de Dios, amigos de Jesucristo en los momentos trágicos del final de su vida, amigos de nuestros amigos.

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