Opinión

No, no estamos perseguidos

El cardenal Antonio Marto realiza la consagración ante la Virgen de Fátima en Portugal.
photo_camera El cardenal Antonio Marto realiza la consagración ante la Virgen de Fátima en Portugal.

Diario del Coronavirus, 6.

A medida que pasan los días, se produce una extraña sensación de, llamémoslo, impotencia y desarraigo cuando recibimos noticias de personas que fallecen. Un solo nombre serían ya muchos nombres. 

El sonido de la voz de quienes están gravemente enfermos es otra de las experiencias más duras. Al fin y al cabo, en no pocos casos, es la única presencia posible, la única compañía que podemos ofrecer. Un aldabonazo a la conciencia y a la realidad que se nos impone, que no hemos querido ver, que nos produce una rebelión interior que se traduce en mayor presencia de Dios, Fiat. La Iglesia,
compañía de vida y de amor.

He pensado, y este es un guiño para los amantes de las series de ficción, en una de hace ya tiempo, The Leftovers, de Damon Lindelof y Tom Perrotta. Se produce un acontecimiento extraordinario en el mundo y una parte de la humanidad, sin un criterio inteligible, desaparece de repente. La vida cambia.

Personas que antes estaban contigo, a tu lado, que formaban parte de ti, de tu historia, desaparecen. La serie es una búsqueda, al fin y al cabo, del sentido y de respuesta a aquella pregunta que ha estado presente a lo largo de la historia del pensamiento. ¿Por qué existe algo en lugar de la nada? Y que conste que no quiero dar cancha a Leibniz, ni mucho menos.

Pero hoy no iba a escribir de esta cuestión, sino de otra que he escuchado hace unos días. Es cierto que existe una desproporción entre el trabajo que la Iglesia, es decir, religiosas, sacerdotes, fieles, están haciendo en el día de la crisis y la presencia pública y mediática de este ímprobo esfuerzo y testimonio del martirio en la vida.

No es fácil encontrar noticias, al margen de los medios eclesiales, de buenos samaritanos, de personas que, a ejemplo de Cristo, estén dando su vida por lo demás. Incluso en determinados medios anticlericales, ligados a la izquierda, por cierto más ideologizada, se publicaron algunas noticias falsas. Para que nos demos cuenta de que ni en estas situaciones la ideología cede.

Esta desproporción ha llevado incluso a la Conferencia Episcopal a abrir una sección en su página web en construcción –mira que es mala pata- con un lista de acciones de las diócesis. Bueno, y a emitir el famoso programa de sobredosis de obispos televisivos. Vaya, buena idea pero…

De ahí a decir que la Iglesia está perseguida, como he oído, y que hay una campaña en contra de la Iglesia, me parece que hay un salto algo más que de trapecista mental. No, la Iglesia no está perseguida. Hombre, ya sabemos la procedencia ideológica de algunos que sí puede que estén en esto. Pero son minoritarios.

Lo que ocurre es que estamos ante una prueba más de la dinámica de irrelevancia social de la Iglesia. Esta pandemia ha pillado a todo el mundo desprevenido. Por lo tanto, se percibe con más claridad cuál es la medida de cada cual, a nivel institucional y personal.

Si no es por el Papa Francisco, que lo llena todo y con su acto del pasado viernes ha marcado un antes y un después, en algunos países la Iglesia hubiera pasado prácticamente inadvertida. Máxime en la dinámica de los medios, que ahora están en una economía, no solo empresarial, sino también informativa de guerra. Por cierto que ya veremos las consecuencias que esta pandemia va a tener
para la estructura de medios en España.

No estamos perseguidos, estamos ausentes, que no es lo mismo. La cuestión es cómo hacerse presente. Ya sé que habrá quien diga que la ley del evangelio es que lo que haga tu mano derecha que no lo sepa la izquierda. Pero también es que hay que subirse a los tejados y proclamar desde ahí el evangelio.

Supongo que habrá alguien que esté pensando a fondo en esta cuestión. Una de las claves de la escasa presencia informativa de la Iglesia es la ausencia pública de la pregunta por Dios, de la cuestión de Dios. Hay una relación entre la forma en la que las sociedades se hacen esa pregunta fundante y la evidencia de la percepción de la respuesta de las iglesias.

Creo que ahí nos topamos con la marea de fondo. La desproporción responde a similar dinámica del rol de la fe, de la religión en la sociedad y en determinados ámbitos. Una paradoja más de nuestro tiempo. Cuando nos enfrentamos a una crisis que vuelve a traer de forma dramática –el drama de lo
humano- la pregunta por Dios, por la existencia, por el sentido, a primer plano, cuando descubrimos los límites de la ciencia, de esa ciencia que decía había desechado la hipótesis Dios, si la Iglesia se circunscribe solo a ser un dato más en el mercado del humanitarismo, no piense que va a tener posiciones de evidencia.

Porque en ese ámbito del humanitarismo hay quienes le llevan mucha ventaja. Nada de persecuciones, presencia y elocuencia, en el fondo con la propuesta de un Dios de vivos, y en la forma con la obligada acción caritativa, de solidaridad.

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