Opinión

La misa en Langre y una inesperada despedida

Carmina Salgado.
photo_camera Carmina Salgado.

Tocaba escribir sobre lo abarrotadas que están las iglesias este verano, al menos, en esta tierruca que comprende las parroquias de Nuestra Señora de Latas, Langre y la capilla de Somo. Familias, niños, jóvenes, más la habitual gente del lugar. Bueno, y un cura entregado al máximo, con buen criterio y todo el tiempo del mundo dedicado al apostolado, don Samuel.

Esto es lo que pensaba mientras el pasado domingo participaba en la celebración de la eucaristía, en medio de un impresionante borrasca, en el atrio de un templo de Langre abarrotado, con unas vistas inigualables a un valle que termina en costa.

Un amigo de Madrid que nos acompañaba me dijo que parecía que estábamos en la misa de domingo de la parroquia de Caná. No me pareció mal la comparación, quizá porque el espíritu eclesial y sacerdotal es el mismo.

Pensaba, durante una homilía que no podía oír, en el pasado de una iglesia numerosa de fieles, que también indicaba gestión de afecto y cercanía. No siempre que se habla de la Iglesia de masas, frente a la iglesia de minorías, se es justo con la entrega de muchos a esa sociedad que era, al menos, histórica y sociológicamente de raíz, de humus, cristiana.

A la salida, entre paraguas y chubasqueros, me topé con José Miguel Oriol, fundador de ediciones Encuentro, y con su mujer Carmina Salgado, el matrimonio que trajo a España el movimiento católico Comunión y Liberación. Un saludo fugaz, aplazado a encontrarnos en breve cuando pasara por aquí un buen amigo común.

Lo que no me podía imaginar es que ese encuentro sería el último. Carmina, la mujer discreta, observadora, la siempre atenta anfitriona, la ejemplar madre de familia, fallecería en la mesa del quirófano del Hospital Marqués de Valdecilla pocas horas después.

Nunca es más cierto aquello de que no sabemos ni el día, ni la hora. Lo que sí sabemos es que la Iglesia, al fin y al cabo la humanidad, no se entendería sin personas como Carmina. A la sombra de un gran hombre, José Miguel Oriol, siempre estaba Carmina. O quizá José Miguel es el que estaba a la sombra de Carmina. La principal aportación de esta mujer bíblica era estar ahí, dejarse sentir de forma fecunda en la compañía de la vida de su familia, de la Iglesia, del Movimiento.

Aunque no tenga a mano ahora ni la historia de don Giussani, ni esa autobiografía de la empresa cultural que es Encuentro, editada con motivo de sus bodas de oro, la memoria no me falla si digo que no se puede entender la historia de la Iglesia en la España contemporánea sin el trabajo intelectual, apostólico de Carmina y José Miguel.

Es decir, sin los proyectos que con tanta ilusión y tanto espíritu sobrenatural sacaron adelante. Ni la teología en España, y en español, ni la literatura católica, ni el pensamiento creyente, hubieran sido sin las horas de trabajo en silencio de Carmina, fina traductora, mujer de pensamiento. No en vano
fue una de las pioneras de los estudios universitarios de filosofía en España. Y también del protagonismo de la mujer en las revoluciones hijas del mayo del 68.

En un día de agosto en el que la lluvia caía a mares, Carmina se nos fue en silencio. Sin molestar, como si el tránsito entre la vida y la muerte fuera un pasaje humanamente sencillo. Sí, eso, un tránsito de sentido facilitado por la fe que hace posible el milagro de hacer propio que Dios siempre es más, y que la esperanza en la vida futura es cumplimiento de promesa.

Esta semana, en las misas de la parroquia de Nuestra Señora de Latas, he tenido delante a Carmina, con su cuerpo frágil, pero con la fuerza de su mirada, una razón que nacía de una experiencia profunda de encuentro con Cristo. Descansa en paz, Carmina, y saludos a don Giussani, que te habrá recibo con el abrazo que solo se da a una hija suya querida.

 
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