Opinión

El milagro asturiano del Papa

 Monseñor Jesús Sanz Montes
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El pasado viernes tuvimos la gozosa noticia de que el Papa Francisco Francisco, con fecha 7 de noviembre, en la audiencia concedida al Prefecto de la Congregación para las Causas de los santos, cardenal Angelo Becciu, había autorizado a publicar los Decretos de martirio de los Siervos de Dios Ángel Cuartas Cristóbal y ocho compañeros, todos ellos estudiantes en el Seminario de Oviedo.

Estos jóvenes fueron asesinados por odio a la fe en el periodo comprendido entre 1934 y 1937. El mayor tenía 25 años; el más joven, 18. Su causa, alentada por el arzobispo de Oviedo, monseñor Jesús Sanz Montes, es, por varias razones, una causa clave para el presente y el futuro de la Iglesia en Asturias. Una Iglesia que sufrió un testimonio acreditado de martirio que hasta ahora había pasado como de tapadillo por razones no siempre eclesiales.

Lo primero que hay que reconocer es el trabajo que, en esta causa, y en otras, ha realizado el padre Fidel González Fernández, catedrático de historia eclesiástica en varias universidades romanas. Y también el tesón del sacerdote Ángel Garralda, paladín del reconocimiento integral del pasado en la Iglesia en Asturias.

Y, en segundo lugar, hay que destacar el empeño del arzobispo de Oviedo en proponer como modelo de fe tanto a los jóvenes seminaristas como a los mártires de Nembra. Un empeño que cuenta con la ayuda del obispo auxiliar de Madrid, y asturiano de nacimiento y de corazón, monseñor Juan Antonio Martínez Camino, que, por cierto, pronto nos regalará un volumen con el testimonio de mártires madrileños de la persecución religiosa. Un volumen que, me cuentan, será clave en la pedagogía del martirio para la Iglesia en la capital de España.

Para conocer la historia de los jóvenes seminaristas de Oviedo que pronto serán beatificados, hay que recuperar una conferencia que el arzobispo de Oviedo pronunció en el contexto de los cursos de La Granda, titulada “Los seminaristas mártires de Oviedo y los mártires de Nembra”.

Allí, don Jesús dejó claro que, de entre los testimonios recogidos del martirio de los seminaristas, destaca la enorme sencillez llena de una cotidiana normalidad de unos jóvenes que estudiaban filosofía y teología, que jugaban al fútbol o a la pelota, de inquietudes literarias y teatrales, alejados de toda polémica pública. ¿Dónde radica pues la maldad que había que sofocar tan fieramente?, se pregunta el arzobispo de Oviedo. ¿Qué habían hecho aquellos jóvenes para merecer persecución, el agravio y la muerte?

El papa Francisco va a hacer el milagro de que el martirio por odio a la fe deje de ser un tabú y un caso de polémica en esa Iglesia. Y que la sociedad, en un momento como el actual de espurios revisionismos históricos, integre con normalidad un pasado que no debiera pasar al olvido. 

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