Opinión

Los salvadores de la Iglesia

Magnificat.
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En la revista “Magificat”, por definirla de alguna forma dado que es algo más que una revista, es un devocionario y un libro de Horas, acaba republicarse un artículo del P. Rafael Hernando de Larramendi, capellán de la Facultad de Políticas de Somosaguas, es decir, el lugar del nacimiento del movimiento podemita y cía.

El artículo se titula “¿Salvar a la Iglesia?” y es una magnífica reflexión no solo sobre la situación actual de la Iglesia, sino de algunas patologías que se están generando. Ya dice el refrán popular que quien entra salvador, sale crucificado.

El texto del P. Hernando de Larramendi arranca con la siguiente tesis: “El mal y el pecado afectan también a los hombres de Iglesia, incluidos algunos miembros del clero o la jerarquía. Se verifica el principio clásico de “Ecclesia
semper reformanda”. En efecto, la Iglesia siempre tiene necesidad de reforma, porque sólo en María se cumplen totalmente las expectativas de Dios sobre la Iglesia, y por eso todos necesitamos conversión”.

Dios ha enviado santos a lo largo de la historia que han hecho presente el modelo de santidad. Pero ninguno de ellos “ha tenido nunca la conciencia de estar salvando a la Iglesia. Al contrario, son los mejores testigos de la acción de Dios en su personal misión y saben con certeza que a la Iglesia no la salva ningún hombre, porque no es una institución meramente humana”.

Precisamente por eso, el cristiano debe saber que “no tiene que salvar a la Iglesia, porque ya ha sido salvada por Cristo. Por eso ni puede albergar resentimientos contra la Iglesia por los defectos de sus miembros, ni tampoco  alimentar proyectos megalómanos para transformarla. Incluso sabe también que su pequeña tarea cotidiana, en la obediencia al mandamiento del amor, es requerida por Dios para la edificación del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”.

Hay quienes “se erigen a sí mismos como salvadores de la Iglesia. Apoyados en un «saber más», que funciona como una gnosis: tienen la solución, la doctrina, el know-how, sus estrategias de influencia, etc. En su atrevimiento parecen capaces de juzgarlo todo, incluida la enseñanza magisterial de Pedro”.

Cuando la dimensión humana de la Iglesia pueda decepcionarnos, no olvidemos lo que escribiera Henri de Lubac:
“La paciencia y el silencio amoroso serán entonces la mejor actitud...pensemos que la Iglesia nunca nos brinda mejor a Cristo que en estas ocasiones en que nos ofrece configurarnos a su Pasión... Seamos felices si adquirimos entonces,
al precio de la sangre de nuestra alma, esa experiencia íntima que dará eficacia a nuestras palabras cuando tengamos que sostener a un hermano vacilante, diciéndole con san Juan Crisóstomo: «No te separes de la Iglesia. Nada es más
fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno»”.

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