Opinión

Los estupendos en la Iglesia

Darío Mollá
photo_camera Darío Mollá.

Padre, me arrepiento de haber plagiado el título y el tema de mi columna.

Y como el padre que me confiesa, a quien nunca llamo padre pero sí trato de usted, ya me conoce, me responde rápido: “Anda, Paco, ya estamos”.

Que sí, que me arrepiento de haber leído uno de los blogs de “Cristianismo y Justicia”, de los jesuitas catalanes, y que me ha gustado mucho un post de Darío Mollá que se titulaba “Los estupendos”, y que voy a glosar a los estupendos de la Iglesia de hoy por estos predios.

Los estupendos van por ahí dando de lecciones de superioridad. Se han subido al carro de las ideas de los nuevos vientos, como antes también se subieron a los de los pasados. No es evolución homogénea del dogma, que dirían los clásicos, es interés puro y duro. Por tanto, no les gustan aquellos que tienen memoria, los que recuerdan. No hay frase más odiada por los estupendos que aquella de “Te acuerdas cuando…”.

Los estupendos viven de la superficialidad de la mirada, esa perspectiva nueva áurea. Los estupendos saben coger el tren en marcha, y si les mean, como decía Franco, decir que ha llovido.

A los estupendos les encanta decirte que eres muy majo, sonreírte en una recepción o en un encuentro. Por detrás se están aguantando las ganas de darte un puñetazo dialéctico.

Los estupendos siempre tienen una frase que justifica su actitud. Se lamen las heridas en el cuerpo de otro. Siempre en vanguardia y nunca en retaguardia. Si es necesario mentir, o no decir toda la verdad, o sembrar de ambigüedades la causa, no hay ningún problema. Ahí están los estupendos.

Los estupendos dicen lo que el auditorio quiere oír, lo que halaga los oídos, lo que no crea problemas. Los estupendos saben que, al final, lo que vale es lo que se ha sentido. Los estupendos son misioneros del gusto elevado a la enésima potencia. El estupendo nunca se equivoca, pero tampoco asume su responsabilidad.

Los estupendos son narcisistas, clericales, que es una forma de narcisismo de color negro. A los estupendos les encanta dividir el mundo entre los míos y los del otro. El estupendo está encantado de que le sigan el juego, porque, todo al fin y al cabo es un juego.

Prefiero al auténtico que al estupendo. El auténtico te llama y te echa una bronca, te dice lo que no quieres oír. Aunque pierda los estribos, aunque te haga entrar en crisis profunda… prefiero al auténtico.

Porque el auténtico tiene fe y dice la verdad, te expresa el afecto de creer en ti y confiar en que la amistad es algo más que una conjura de necios intereses.

Tengo la impresión de que el Papa Francisco también quiere una Iglesia de auténticos y no de estupendos.

Padre, me arrepiento de haber querido ser uno del clan de los estupendos. Y me arrepiento.

“Ego te absolvo a peccatis…”, escuché al fin.

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