Opinión

Qué hacer con los obispos eméritos

Antonio Algora, obispo emérito de Ciudad Real.
photo_camera Antonio Algora, obispo emérito de Ciudad Real.

Ahora que el señor Nuncio se ha remangado y comienza el baile en las diócesis, quizá sea hora de pensar qué va a pasar con los obispos eméritos españoles, jubilados muchos de ellos en plenas facultades.

Dejando al margen el debate teológico y canónico sobre el hecho de la jubilación en sí, lo que parece es que la Iglesia debiera articular una forma de presencia elocuente de los obispos eméritos, además de las lógicas invitaciones a dar Ejercicios Espirituales, retiros, confirmaciones, predicaciones…

Eso, o hacer lo que hace la sociedad, aparcar al personal, dedicarlos a que pasen el tiempo jugando a las cartas y sesteando delante del televisor.

Es cierto que los eméritos pueden participar en la Asamblea Plenaria de los obispos, incluso se les pueden encomendar algunas tareas dentro de la CEE. Pero en pocos años, quizá tres, en España va a ver una Conferencia Episcopal paralela, formada por eméritos, con salud más que de hierro. Seguro que sus conversaciones serían ciertamente interesantes.

Hay quien puede pensar qué importa lo que diga tal o cual obispo que ha pasado a la historia. Pero eso no es muy cristiano, de partida, y encima no encaja muy bien con lo que propone el Papa Francisco respecto al cuidado de los mayores.

Esta Asamblea de eméritos además mitigaría las ansias de “adanismo” de las generaciones actuantes. Es decir, pensar hacer en la Iglesia “borrón y cuenta nueva”, como si quienes están hoy en primera fila no tuvieran ninguna ligazón y dependencia de quienes han pasado ya a la retaguardia. Y su misión fuera traer una nueva Iglesia.

El departamento “Comunión eclesial y diálogo” del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) organizó hace años, en Santa Fe de Bogotá, una reunión de los obispos eméritos de América. Es muy curioso cómo, en las conclusiones de ese encuentro, se definieron los eméritos como “cristianos que por el sacramento del orden recibieron en y para el Pueblo de Dios a) una misión pastoral tridimensional (enseñanza-santificación-conducción) y b) la incorporación al Colegio Episcopal (Papa y los demás obispos), que se entiende como sucesor del Colegio Apostólico (Pedro y los demás apóstoles)”.

No se trata por tanto de obispos a los que les han “mandado al motorista”.

Que nadie se imagine, a partir de ahora, que de la calle Pío XII sale un motorista en dirección a una diócesis con un sobre, en el que se le dice algo así como que el Santo Padre le manda a su casa. Sin más. Sin un mínimo agradecimiento o una conversación de afecto. Sería tremendo que se hicieran así las cosas.

Cuando hay que decirle a un obispo que se le acabó el tiempo de descuento, debemos entender que se le agradecen personalmente los servicios prestados, y alguien se preocupa por dónde va a vivir, cómo va a ser su sustento, si tienen necesidades especiales… Lo mismo que los obispos hicieron con sus sacerdotes.

E incluso añadiendo alguna misión puntual, si fuera necesario, como ha ocurrido recientemente en España, por ejemplo, con monseñor Antonio Algora, a quien, por cierto, deseamos una pronta recuperación.

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