Opinión

Hablen, por favor, de la esperanza

José Granados
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Cuando el Vaticano II hablaba, allá por los sesenta del siglo pasado, de la aceleración de la historia, los padres conciliares estaban retratando no solo el presente de la humanidad, también su futuro.

No sé de cuántos acontecimientos eje de nuestro tiempo vamos a poder ser testigos. Recuerdo la caída del muro de Berlín, el 11S y el 11M, impactos que modificaron el curso de la historia. Quizá sean síntomas de cambios más profundos que no están en la epidermis de lo que percibimos. Sus efectos perduran en el tiempo, modifican nuestra forma de vivir, alteran presupuestos de nuestra
convivencia.

Sin lugar a dudas, la pandemia del coronavirus va a suponer un antes y un después, no solo en los ámbitos de la ciencia médica, de las salud pública, de las políticas de prevención y de contención de fenómenos de esta naturaleza.

Hannah Arendt nos recordó que las crisis “nos obliga a volver a las preguntas”. Se impone ante nosotros la imagen de la fragilidad, quiebran las certezas más inmediatas, la conciencia de cada uno se expresa, en su mundo interior, y en el exterior, entre barreras de incertidumbre que no solo restringen la libertad de movimientos, la libertad aparente, sino que limitan nuestra expresión
de existencia.

Tengo bien cerca la experiencia, en estas horas, de los adolescentes y jóvenes que, en la plenitud de la vida y con una percepción de que a ellos les afectan de verdad pocas cosas, no están habituados al hábito de negarse a sí mismos, de aceptar las normas, de cumplir una disciplina no habitual, es decir, otra distinta que no proceda de la rutina. Que el Estado, el gobierno, imponga medidas en la convivencia produce una difícil digestión. Los refugios personales se activan, buscan salidas. Ahora percibimos un sentido añadido a la tecnología, sus aportaciones y carencias.

Y en este contexto, al menos en el momento en que escribo, al principio del fin de semana, percibo una especie de parálisis de oferta de sentido en determinados sectores eclesiales.

No se trata de paternalismo, ni de recurrir para evitar otras responsabilidades a quienes tienen el ministerio de la palabra. Estamos palpando la media de nuestro tiempo, de nuestra política, de nuestra Iglesia, de nuestra conciencia.

Se trata de la necesidad de mensajes públicos de esperanza, aunque sean alternativos, que abran horizontes primeros y últimos. Quizá la preocupación inmediata por resolver las cuestiones prácticas que afectan a la responsabilidad ciudadana de la crisis esté impidiendo una propuesta más amplia, espiritual, teológica, de respuesta a esta experiencia básica.

No estamos acostumbrados a oír hablar de las realidades primeras y últimas. No estamos acostumbrados a lo que clásicamente se llamaban las narrativas de lo que antes, y quizá ahora, se llamen “los novísimos”, para que se me entienda. El lío antropológico es también lío escatológico.

Quizá, incluso, no tenemos un lenguaje, ni una formas expresivas hábiles para introducir en las
conciencias desorientadas, y alteradas, esa dinámica de necesaria esperanza. El discurso de la relación entre sufrimiento y amor es más necesario que nunca. Pero hay que sacar las consecuencias.

Por eso me ha llamado la atención, por ejemplo, el éxito y la difusión de un escrito del P. José Granados, o el impresionante vídeo del humilde párroco italiano bendiciendo con el Santísimo las calles y casa de su parroquia. O la carta de Julián Carrón, extensa, a los miembros del Movimiento de Comunión y Liberación, con testimonios dramáticos de la realidad de estos días.
Todos ellos, síntomas de esperanza, formas de hablar de la necesaria esperanza que no defrauda, del amor, al fin y al cabo, en tiempos de coronavirus.

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