Opinión

El otro cardenal Sarah

Cardenal Sarah con José Francisco Serrano.
photo_camera Cardenal Sarah con José Francisco Serrano.

Tengo que confesar que, cuando escribo estas líneas, aún estoy bajo los efectos de la visita a Madrid del cardenal Sarah. Y no es que yo idealice precisamente a los cardenales. Creo que me he llevado ya suficientes sorpresas con las púrpuras y con las mitras como para dejarme arrastrar por cualquier viento o fascinar con cualquier muceta.

Sin embargo, las horas que he convivido el pasado jueves con el cardenal Robert Sarah me han dejado pensativo. Tengo que confesar que lo único que sabía del cardenal Sarah, más allá de lo que dicen los medios –poco fiables en este caso - es lo que me habían contado algunos amigos de Roma. Bueno, y la lectura de los libros. Por cierto, que el del silencio se me hizo cuesta arriba.

Mis amigos me insistían en que la imagen de un cardenal opositor al Papa es una pura invención de algunos interesados. Un estereotipo que algunos utilizan en su beneficio. Ya se sabe lo que decía Wittgenstein: los estereotipos son una forma  “primitiva de razonamiento”.

Mis amigos me contaban que el cardenal Sarah es un hombre de profunda oración, de intimidad con Jesucristo, de verdad. Es un hombre de una austeridad de vida que deja perplejos a quienes le tratan. Pobreza existencial, no ideológica, sino como búsqueda constante de la intimidad con el Señor, sin perderse en lo superfluo. 

Es un hombre de Dios, por tanto, de lo esencial, que hace verdad aquello de Albert Camus cuando decía que “no llamar a las cosas por su nombre añade mal al mundo”. 

Pues doy fe de ello. Me impresionó la profunda presencia de Dios en cada momento de las horas que pude convivir con él, en cada gesto. Por ejemplo, cuando recibía las ovaciones del público entusiasta.
Me impresionó cuando no se olvidó de repartir las estampas de la imagen de Nuestra Señora a los camareros y personal de la cocina que nos habían atendido en la comida posterior a su conferencia.

Me impresionó la delicadeza con la que hablaba, con la que miraba, con la que preguntaba, con la que intervenía en las cuestiones espinosas que se plantearon en la sobremesa.

Me impresionó la profunda lealtad al Papa Francisco que le llevó a reaccionar calificando de estupidez” el hecho de que le pretendan contraponer al Papa.

Me impresionó su austeridad en el trato, en la comida. Ni un gesto alambicado, ni una pose, todo natural, incluso en el lenguaje no verbal. Me impresionó la rapidez con la colocaba los temas en su lugar, incluso en una lengua que no domina del todo.

No pretendo canonizar en vida al cardenal Sarah, ni mucho menos. Solo pretendo recalcar que este hombre, sacerdote, obispo, cardenal de la Iglesia de Jesucristo me ha reconciliado con la esperanza humana de un testimonio de Dios que sigue siendo absoluto y primicia.

En resumen, una gracia inmerecida. Algún día podré decir, “Yo conocí al cardenal Robert Sarah”.

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