Opinión

El caso del obispo del Callao

Jose Luis Del Palacio.
photo_camera Jose Luis Del Palacio.

Diario del Coronavirus, 11.

La verdad es que no parece que sea este un tema para los tiempos del Coronavirus. Pero en situaciones extraordinarias, límites, que diría Karl Jaspers, conviene seguir de cerca determinadas actuaciones.

El boletín informativo de la Santa Sede fue tan escueto como elocuente: “El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de la diócesis del Callao (Perú), presentada por S.E. Mons. José Luis del Palacio y Pérez-Medel. El Santo Padre ha nombrado como administrador apostólico "Sede vacante"; de la diócesis del Callao a S.E. Mons. Robert Francis Prevost, O.S.A.”.

No hace mucho tiempo se añadía el canon del Código que motivaba, -aunque hay que distinguir la causa del motivo-, ese acto jurídico. Hasta aquí la información oficial. A partir de aquí, la información que me he procurado en los últimos días de fuentes fidedignas sobre la imposibilidad de que el obispo del Callao se encontrara con el Papa, sobre algunas gestiones y encuentros de cardenales implicados en el caso…

La causa de la invitación a que el obispo presentara la renuncia ni parece clara, ni se ha aclarado. ¡Toma transparencia como criterio de reforma de la Iglesia! Sí, la información en la Iglesia es una asignatura pendiente, quizá ya para otro pontificado próximo. Que sepamos no hay ningún escándalo que afecte a cuestiones sustanciales de su ministerio, y de su persona, que motiven esta
decisión. Si los hubiera seguro que ya se habrían hecho públicos. ¿De qué se trata entonces? ¿Una decisión marcada por aversiones ideológicas?

Conocí el pasado mes de noviembre al obispo emérito del Callo en una comida oficial en Madrid con varios cardenales, eclesiásticos y fieles laicos. Me pareció un obispo con ideas claras, quizá demasiado directo en sus expresiones. 

Por lo tanto, ni estoy defendiendo al obispo del Callao, ni le estoy acusando. Estoy reflexionando en voz alta sobre el caso. Estudio del caso, que decimos en las nuevas metodologías de las Ciencias Sociales.

Sin lugar a dudas hay que mirar a la situación de la Iglesia en el Perú y de la cadena de movimientos que se han producido últimamente. No voy a hablar del cardenal Cipriani, aunque pudiera. Estuve hace poco en América con personas de Perú cercanas al cardenal Cipriani que me ofrecieron una versión no común de los hechos. El contexto explica bastante lo que se ha decidido ahora. Se ha argumentado que este obispo creaba descontento en su diócesis, entre otras razones, por ser del Camino Neocatecumenal, Kiko, y por tener un pastoral orientada desde esa realidad eclesial.

Creo que cuando le nombraron obispo ya se sabía que era del Camino. Habrá hecho cosas muy buenas, buenas y malas. ¿Quién no? Incluso hay que preguntarse si ser del Camino, y hacer una pastoral en tierras de misión orientada desde ahí, es algo contario al Evangelio y al ministerio del obispo.

Que conste que no me preocuparían tanto las pastorales influidas por el Camino, como las que lo están por los Focolares, por San Egidio, por los jesuitas, por las Comunidades de Base o por la sana Teología de la Liberación, como que fuera un obispo de la Iglesia Católica en comunión con el Papa. Lo que sería probablemente peor es que su pastoral no tuviera ninguna forma, ni la del Papa

Francisco, o se hiciera con una orientación pastoral que unas veces es “sooo” y otras “arre”, contradictoria, vamos. Que de todo hay.

Y el argumento del descontento, vaya, anda, que no hay cardenales, arzobispos y obispos, que han generado y están generando descontento en sus diócesis y ahí siguen. ¿Estamos hablando entonces de poder? Por cierto, en Perú hay más obispos del Camino, ¿también se les va a pedir la renuncia?

Dos cuestiones añadidas, a vuela pluma. Estas actuaciones afectan indirectamente al ejercicio de la “sacra potestas”. Y esta es una cuestión muy seria. Habría que dejar al Papa Francisco al margen.
Y, segundo, no sé si este tipo de operaciones de “desescalada episcopal” se han intentando, o se están intentado, en otros países. ¿En España? ¿Tiene alguna similitud este caso, por ejemplo en el íter, con el del recordado monseñor Ureña?

Veremos. 

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