Opinión

El centenario de Guerra Campos y el Valle

José Guerra Campos.
photo_camera José Guerra Campos.

El domingo pasado se cumplió el centenario del nacimiento de monseñor José Guerra Campos, obispo que fue también en Madrid, como auxiliar, y de Cuenca, y quien inauguró el cargo de Secretario General de la Conferencia Episcopal Española. Por cierto que no sé lo que esa diócesis castellana ha podido organizar y ha organizado al respecto.

En esas estaba pensando cuando apareció la noticia de que el Gobierno va a desacralizar el Valle de los Caídos. Bueno, desacralizar sólo lo puede hacer la Iglesia. Nada se hará, por tanto, sin el concurso del arzobispado respectivo, el competente, y todo se hará con el citado concurso.

Por cierto que no estaría nada mal, antes de que se produzca esa desacralización y desamortización y se expulse a los Benedictinos por la vía de los hechos, organizar una gran peregrinación nacional a la Basílica, así, de despedida. No vamos a especular ahora sobre quién la puede presidir.

Pues qué casualidad que la noticia se produzca la semana en la que un grupo significativo de sacerdotes recordaban a don José Guerra Campos. Un obispo injustamente tratado por la historiografía. Por cierto que la reseña biográfica que José Manuel Cuenca Toribio –que no es un historiador menor- hace de monseñor Guerra Campos en el Diccionario Histórico Biográfico de la Real Academia de la Historia merece ser leída. 

Pero lo que más interesa ahora, quizá, es la referencia a un tesis doctoral dedicada a la Teología política de Guerra Campos, que Francisco Jesús Carballo López presentó en la UNED en 2015. Al margen de que podemos debatir si existen biografías adecuadas de este singular obispo español, la citada tesis es imprescindible para  poder hablar con un mínimo rigor de este singular sacerdote y obispo.

Es posible que a monseñor Guerra Campos se le parara el reloj de la historia. Lo que no se puede negar es que fue un hombre de una notable cultura, con criterio, cuyas intervenciones orales y escritas daban gusto por su calidad, incluso estilística, de profundo amor al Papa y al magisterio de la Iglesia.

No hace falta que reproduzca aquí, por ejemplo, las palabras del cardenal Marcelo González Martín sobre don José. Ni que haga referencia al episodio de la crisis de la Acción Católica, por la que monseñor Guerra Campos comenzó a ganarse la fama, antes de cargar la lana.

Y lo que no se puede negar de este recordado obispo fue su profunda espiritualidad y su finura tanto en el trato con Dios como con las personas. Y su estilo de vida, caracterizado por una austeridad y una pobreza extremas. Creo que no es necesario que me refiera a las condiciones de sus últimos días.  

Mentar hoy a monseñor Guerra Campos, para determinados sectores, es recordar al estandarte de lo atrabiliario, lo ultraconservador, la Iglesia franquista, en suma. Sinceramente, hay que matizar mucho más, incluso a la hora de hacer memoria o de hacer las memorias.

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