Opinión

Catalina de Siena y los nuevos samaritanos

Monjas de clausura elaborando mascarillas.
photo_camera Monjas de clausura elaborando mascarillas.

Diario del Coronavirus, 7.

Estos días me ha entrado con fuerza Santa Catalina de Siena, una asignatura pendiente desde hace tiempo. Las biografías de Giogio Papasogli y Sigrid Undset y, cómo no, la edición de la BAC de “El Diálogo”, “Oraciones” y “Soliloquios”.

No se trata tanto del papel de Catalina ante el papado, precisamente cuando me toca explicar en clase, ahora a distancia, el Exilio de Avignon y el Cisma de Occidente. Me interesa más la fuente de esa fuerza de Catalina en la peste que asoló Siena en 1375, a la vuelta del Capítulo de Florencia, aunque las fechas son discutidas por los especialistas.

Escribe Caffarini que “nunca había parecido Catalina tan admirable como entonces: siempre en medio de los heridos por la peste, les preparaba para morir, los enterraba con sus propias manos. Yo mismo presencié le celo hecho amor con el que asistía y la maravillosa eficacia de sus palabras, que realizaron tantas conversiones. Muchos escaparon de la muerte en virtud de su extraordinario sacrificio y, mientras era incansable en su obrar, invitaba a las compañeras a hacer otro tanto. En cuanto a sí misma, era insensible al temor y a las repugnancias: había estado muerta y había vuelto a la vida”.

Son muchas las Catalinas que hoy están dando su vida para atender a los enfermos. Muchos, los nuevos samaritanos que hacen posible lo que el prelado del Opus Dei, monseñor Fernando Ocáriz, acaba de escribir en una sencilla y sintética carta: “El alma de la sociedad es el espíritu de servicio”.

Muchas, las historias que nos van llegando de ese alma que hará posible la resurrección de la vida en todo su esplendor, el nacimiento de un tiempo nuevo. Al fin y al cabo también estamos ante una oportunidad para un nuevo inicio, un nuevo tiempo que hay que ir preparando con las lecciones del pasado inmediato. Parece sorprendente, por ejemplo, que en lo que llamábamos la sociedad de la
abundancia, del desarrollo tecnológico, de las impresoras de tecnología avanzada, la crisis sanitaria se haya agudizado por la carencia material de respiradores. Adiós sociedad de bienestar y Estado de bienestar, sociedad de la abundancia…

Una historia y algunos apuntes de una necesaria creatividad de ese alma de la sociedad, de los nuevos samaritanos. Me escribía un sacerdote, fiel amigo y fiel lector, estos días:

“Ayer moría en Madrid un hombre (Braulio), a cuyos hijos conocían misioneras amigas mías. No encontraban en aquel momento ningún sacerdote  por esa parte del IFEMA. Se les ocurrió pedirme  que le grabara unas palabras de aliento a su padre. Me salió del corazón; le recordé el nombre de sus hijos que le cuidaban; de su mujer que había muerto unos días antes.

Con palabras de evangelio le hablé y los bendije. A las pocas horas me llamaron los hijos; le pusieron el móvil al oído. Cuando me llamaron ya había muerto el papá. Pero qué consuelo sentían de esa bendición que pudo oír su padre antes de encontrarse con Dios. Y tantos otros, anónimos, anónimos, ahora y cada día, hermanos sacerdotes, que están haciendo esto mismo...”.

Más historias de samaritanos, tantos de ellos digitales, el samaritanismo de los nuevos tiempos, que ha puesto en marcha iniciativas como la del Chat “éroes, con e de España. No estoy solo” para ayudar a las personas que están solas.

O la del bueno de Gus Mazarambroz, www.espanacolabora.es, que recoge las iniciativas de los héroes locales que están luchando contra el virus. Un página de la España esperanza.

O lo que nos ha ocurrido estos días cuando nuestros ángeles de la guarda, las Carmelitas de Toledo –antes del Convento de las Capuchinas, ahora ya de todos los conventos-, dedicadas a fabricar mascarillas, iba a decir como “locas de caridad”, que nos pidieron con urgencia tela porque habían acabado con todos los ajuares del convento.

Y mi santa del otro lado de la cama se empeñó en conseguir la tela para mascarillas a costa de lo que fuera. Y lo consiguió en una empresa textil de mi querida tierruca, Textil Santanderina, de Cabezón de la Sal. No voy a reproducir la conversación con el responsable de la fábrica, a quien no conozco personalmente, pero les puedo asegurar que hay palabras que nunca se olvidan y generosidades
que, sin duda, hacen posible que ese alma de la sociedad haga posible un futuro nuevo y esperanzado.

Por cierto, la premio Nobel en 1928, Sigrid Undset, concluye así su biografía de la Santa de Siena: “A la luz de las explosiones atómicas la materia sólida se hace como trasparente; algo que desaparece. Pero, ¿quién puede decir cómo reaccionarán los hombres ante las nuevas experiencias que hacen?...
Verdaderamente necesitamos la sabiduría de los santos”.

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