Opinión

El cardenal Omella, presidente de la Conferencia Episcopal

Juan José Omella, arzobispo de Barcelona.
photo_camera Juan José Omella, arzobispo de Barcelona.

En estas vísperas de las elecciones episcopales todo indica que el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona, será el presidente de la Conferencia Episcopal Española, que no solo catalana.

Es algo más que una posibilidad, como otras muchas varias, y no pasaría nada. ¿O sí?

Sería extraño que haya que recordar que, en un proceso de esta naturaleza, no todo vale, por ejemplo, las mentiras y las difamaciones, también sobre medios de comunicación y periodistas.

La pregunta metódica, en un momento en el que el periodismo está volcado en esta cuestión, es: ¿Qué habría pasado para que el cardenal Omella no fuera presidente de la Conferencia Episcopal Española?

Habría pasado que los obispos tienen claro que Roma, -qué es Roma, quién es Roma-, no vota en la Plenaria de la Conferencia Episcopal Española. ¿O sí? Y si hay alguna Roma que quiere que determinado cardenal, arzobispo u obispo sea presidente, pues que lo diga, con toda paz.

Es decir, que no hay obispos del Papa Francisco y obispos que no son del Papa Francisco. Que el ejercicio de la sinodalidad, que antes se decía colegialidad, quizá también ahora, es real y efectivo, no un argumento para que se haga lo que algunos quieren y piensan. Que la Conferencia Episcopal, más que un organismo de control y dictado de consignas e instrucciones, o una plataforma para hacer carrera –algo que insistentemente denuncia el Papa Francisco-, es un instrumento de servicio a la comunión de las Iglesias.   

Habría pasado que los obispos hubieran reconocido las cualidades, el buen hacer del cardenal Omella en su nada fácil Iglesia en Barcelona. Y precisamente por eso no han querido añadirle una función que puede complicar su ministerio en su Iglesia originaria.

Se supone que el presidente de la Conferencia Episcopal habla en nombre de todos los obispos y ante determinados discernimientos sobre la realidad histórica, su palabra expresa el sentir común en el orden de la comunión. Pongamos por caso el juicio moral sobre la independencia de un territorio de España. El riesgo de que no se pueda hablar, el silencio como hipótesis, por tanto, ahondaría la percepción no siempre justa de ausencia de los obispos de la realidad de España.

Habría pasado que los obispos tienen las luces largas y lo que han elegido no es a una persona solo, que también, sino a una generación que “viniente”, perfiles nuevos, caras nuevas, nuevas oportunidades, en plan Julián Marías o su maestro Ortega. Esto en el caso de que el obispo votado sea de la nueva generación.  

Habría pasado que los obispos, una vez más, ejercen su soberana libertad de voto en conciencia. Y son poco sensibles a las presiones directas o indirectas, incluso de los poderes de este mundo, a las campañas de determinados medios, a lo que se dice en la opinión pública.

Hace días se publicó en un medio que el gobierno social-comunista-independentista estaría encantado con que el cardenal Omella fuese presidente de la Conferencia Episcopal. Que se sepa no ha habido declaraciones públicas de ningún miembro del Gobierno al respecto. Pero nada se dice de lo que pensarían en el PP o en VOX, partidos a los que votan no pocos católicos, por cierto.

Y habría pasado que le han dado el voto suficiente, no sabemos si mayoritario o no, a otro candidato. Pero eso es otra historia que parece no está fraguada. Por lo tanto, habrá que esperar para hablar de ella.

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