Opinión

Balance de la Presidencia de la CEE

El cardenal Ricardo Blázquez.
photo_camera El cardenal Ricardo Blázquez.

No he estado presente, lo que quiere decir que he estado ausente, en el ahora llamado “Briefing” que en la sede de la Conferencia Episcopal suelen dar a los periodistas para explicarles, digamos, el contexto de las próximas elecciones en la CEE.

Eso no quiere decir que no me haya enterado de lo que han dicho, o de lo que se ha dicho. Dejemos a un lado la traducción de la palabra inglesa, y vayamos a lo que es quizá una asignatura pendiente en estos momentos.

La proximidad de las elecciones a la presidencia de la CEE está focalizando demasiado toda la actividad. Quizá se hable en exceso de nombres, que siempre implican afectos, y se hable poco del período pasado y del perfil de lo que se necesita en función de lo que se ha hecho o se ha dejado de hacer. Bueno, quizá el problema es que no se hable claramente de casi nada y de lo que se habla con relevancia se hace en entornos cerrados.

No seré yo quien haga un exhaustivo balance de los años en los que el cardenal Ricardo Blázquez ha estado como presidente de la Conferencia Episcopal, ni haga la lista de los documentos que se han publicado, los congresos que se han organizado… Lo cuantitativo sobre lo cualitativo.

Creo, por ejemplo, que en ese período hay que distinguir dos períodos, marcados por la elección de monseñor Luis Argüello como secretario general de la Conferencia. Aún con esta salvedad, el tono general ha sido el de una especie de “replegamiento” de la presencia pública, silencio a veces elocuente sobre las grandes cuestiones que afectan a los ciudadanos. Y no se trata solo de que se diga, sino de cómo, dónde, en qué momento y por qué se ha dicho lo que se ha dicho.

Sí, los discursos de inauguración de la Plenaria, perfectos. Pero, ¿es eso suficiente? Mientas España, al fin y al cabo la construcción del Reino se desarrolla en este mundo, ha entrado en una dinámica que no sabemos a dónde nos conduce. 

Mientras parece que se han roto los pactos implícitos y explícitos de la Transición, los obispos han optado por reservar la palabra, por centrar la atención en la dimensión social y en la acción siempre limitada, por obviar en primera instancia algunas cuestiones, por otro modelo de presencia pública, de respuesta. ¿Se va a debatir en algún sitio la viabilidad del modelo experimentado, que entiendo trasciende los personalismos?

Sin lamentos, quizá los justos, en un tiempo en el que parece que la gestión de los asuntos ordinarios se complica, cuando se percibe un clima de administración de la decadencia, la Iglesia ha tenido que dar respuesta, además, a algunas campañas potentes que han afectado a su imagen pública. Por ejemplo, la
de la pederastia. Y ahí es innegable que se ha sido más pasivo que activo, reactivo que proactivo.

Es curioso. Porque la imagen que ofrece el Papa Francisco es todo lo contrario. Intérpretes tiene la santa madre Iglesia sobre lo que significa “Iglesia en salida”, por ejemplo. A lo que está incitando el Papa Francisco es al compromiso en en el espacio público y no a la trinchera del círculo de confianza.

Lo que no se puede negar es que vienen tiempos apasionantes. Quizá las elecciones en la CEE nos indiquen si los obispos siguen mirando al segundero de la historia, que parece se ralentiza, o dan el paso a una propuesta novedosa, que sorprenda, que aglutine, que no tenga rémoras ni lastres.

Quizá focalizar el proceso en nombres y supuestos “no candidatos” es darle demasiada importancia a la dinámica personalista del poder, cuando se sobreentiende que en la Iglesia el criterio rector es el servicio.
Pero quien salga elegido será no solo un referente personal, sino un símbolo de lo que quieren nuestros obispos para el futuro de la Iglesia y de España, por más colegialidad y sinodalidad que se aplique. Y si no, al tiempo. Por cierto, es indiscutible que tengo mi candidato preferido. Les sorprendería, se lo aseguro.

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