Opinión

Aquella Pascua en Alejandría...

San Dionisio, obispo de Alejandría
photo_camera San Dionisio, obispo de Alejandría

El saber implica reducir la naturaleza a historia. La historia… maestra de la vida. No sé si está pendiente escribir una historia de la Iglesia desde la santidad o desde el martirio. Hay muchas que se han escrito desde muy diversas perspectivas, pero desde la santidad… Le debo a mi amigo Jorge Fernández Sangrador esta pista. 

Ocurrió en Alejandría. Era la Pascua de 252-253 cuando la peste llegó a esa emblemática ciudad. Hubo que suspender toda actividad. Incluida la persecución. Mas los cristianos, dice Eusebio de Cesarea, olvidándose de sí mismos, visitaban sin precaución a los enfermos, los servían en todo, los cuidaban en Cristo y hasta morían contentísimos contagiados, asumiendo voluntariamente los dolores del prójimo. Muchos que curaron, fallecieron después por fortalecer a otros. Los mejores de entre los presbíteros, diáconos y laicos, murieron, y por la mucha piedad y por la fe robusta que mostraron, fueron equiparados a los mártires. 

Todo esto sucedió en el siglo III. Y también hoy…

Merece la pena, aunque es un poco largo, que leamos la carta de Dionisio, obispo de Alejandría, a sus fieles y a la Iglesia universal, recogida por Eusebio de Cesarea. Y la meditemos en estas fechas.
De la enfermedad que sobrevino en Alejandría Después de esto, cuando la peste interrumpió la guerra y la fiesta se acercaba, de nuevo entró en comunicación por carta con los hermanos, indicándoles los padecimientos de esta calamidad con estas palabras:

“Ciertamente, a los demás hombres no les parecerá tiempo de fiestas la ocasión presente. Para ellos, ni éste ni otro lo es; no hablo ya de los tiempos luctuosos, pero ni siquiera de los que se podrían creer sumamente alegres. En la actualidad al menos, ciertamente, todo son lamentaciones, todo llantos, y los gemidos resuenan en toda la ciudad por causa de la muchedumbre de los muertos y de los que cada día siguen muriendo; porque, como está escrito de los primogénitos de Egipto, así también ahora se ha levantado un gran clamor, pues no hay casa donde no haya un muerto; y ¡ojalá no fuera más que uno!, porque en verdad son muchas y terribles las cosas que han sucedido incluso antes de esto.
Primeramente nos expulsaron, y somos los únicos que, a pesar de estar perseguidos por todos y condenados a morir, celebramos la fiesta, incluso entonces, y cada lugar de tribulación de cada uno se nos convirtió en paraje de asamblea festiva: campo, desierto, nave, albergue, cárcel. Pero la más esplendorosa de todas las fiestas la celebraron los mártires perfectos, regalados con el festín del
cielo.

Y después de esto se echaron encima la guerra y el hambre, que sufrimos junto con los paganos: hemos soportado solos los malos tratos que nos dieron, pero hemos entrado a la parte en lo que ellos entre sí se hacían y padecían, y una vez más hemos gozado de la paz de Cristo, que sólo a nosotros nos ha dado. 

Habíamos logrado, tanto ellos como nosotros, un brevísimo respiro cuando irrumpió la enfermedad ésta, cosa para ellos más temible que todo temor y, por lo tanto, más cruel que cualquier otra calamidad, y como escribe un autor particular suyo (Tucídides), única cosa que haya sobrepujado a toda previsión. Mas no así para nosotros, que más bien fue un ejercicio y una prueba en nada inferiores a las demás. Efectivamente, en nada nos perdonó a nosotros, aunque mucho se cebó en
los paganos”.

Y a continuación añade lo que sigue: «En todo caso, la mayoría de nuestros hermanos, por exceso de su amor y de su afecto fraterno, olvidándose de sí mismos y unidos unos con otros, visitaban sin precaución a los enfermos, les servían con abundancia, los cuidaban en Cristo y hasta morían contentísimos con ellos, contagiados por el mal de los otros, atrayendo sobre sí la enfermedad del prójimo y asumiendo voluntariamente sus dolores. Y muchos que curaron y fortalecieron a otros, murieron ellos, trasladando a sí mismos la muerte de aquéllos y convirtiendo entonces en realidad el dicho popular, que siempre parecía de mera cortesía: despidiéndose de ellos humildes servidores.

En todo caso, los mejores de nuestros hermanos partieron de la vida de este modo, presbíteros — algunos — , diáconos y laicos, todos muy alabados, ya que este género de muerte, por la mucha piedad y fe robusta que entraña, en nada parece ser inferior incluso al martirio.

Y así tomaban con las palmas de sus manos y en sus regazos los cuerpos de los santos, les limpiaban los ojos, cerraban sus bocas y, aferrándose a ellos y abrazándolos, después de lavarlos y envolverlos en sudarios, se los llevaban a hombros y los enterraban. Poco después recibían ellos estos mismos cuidados, pues siempre los que quedaban seguían los pasos de quienes les precedieron.

En cambio, entre los paganos fue al contrario: incluso apartaban a los que empezaban a enfermar y rehuían hasta a los más queridos, y arrojaban a moribundos a las calles y cadáveres insepultos a la basura, intentando evitar el contagio y compañía de la muerte, empeño nada fácil hasta para los que ponían más ingenio en esquivarla».

La historia, qué puñetera… qué belleza…

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