Opinión

Antonio Lago Carballo

No anda la cultura española sobrada de personalidades públicas que confiesen su fe sin complejos. Es decir, que no sean, como dice un buen amigo, católicos “de la secreta”.

Escrutando la historia reciente de la cultura y del pensamiento hispano, me he encontrado con una biografía de un personaje, ya fallecido, del que oí hablar no poco a mi querido y recordado monseñor Eugenio Romero Pose, obispo auxiliar de Madrid. Se trata de Antonio Lago Carballo, que quizá a no pocos lectores no les suene.

Don Antonio, tal y como queda reflejado en la biografía que le acaba de dedicar Marisa Navas, fue discípulo de la generación de Joaquín Ruiz-Giménez, Pedro Laín Entralgo, Alfredo Sánchez Bella, entre otros. Por tanto, de la generación de intelectuales posterior a la Guerra Civil.

Ocupó destacados cargos en la gestión cultural y educativa de la postguerra, entre otros director general de Patrimonio Artístico y Cultural, subsecretario del Ministerio de Educación y Ciencia con Juan Antonio Ortega y subsecretario de Ordenación Educativa. Ligado a la UIMP, su pasión fue Hispanoamérica, quizá desde los tiempos del Colegio Mayor Guadalupe y del Instituto de Cultura Hispánica, tan ligado, por cierto, a monseñor Maximino Romero de Lema.

Es interesante, sin duda, saber de una generación que, en pleno régimen político, desde la revista “Alférez” hasta otras iniciativas editoriales y publicísticas, trabajó por España y los españoles, por el progreso cultural y social, por la educación integral de las personas.

Una nota muy destacada de Antonio Lago Carballo fue su familia numerosa. Y, otra clave, su arraigada fe. Don Olegario escribe en una tábula congratulatoria que  nuestro biografiado fue “un hombre sereno, trasparente, bueno, cristiano cabal, libre y limpio, hombre de iglesia y absolutamente nada clerical. Alguien en cuya presencia uno se sentía acogido y afirmado”.

Por cierto que en la citada biografía, que tiene el título de “Antonio Lago Carballo. Un hombre de concordia” se relatan algunas disputas intelectuales y académicas de la España de la postguerra bien interesantes.

Por ejemplo la que ocurrió en las I Asamblea de Universidades Españolas, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá, en julio de 1953, a propósito de un discurso del entonces rector de Salamanca, Antonio Tovar.

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