Opinión

El amor al Papa y la archivística

Papa Francisco en Santa Marta (ANSA).
photo_camera Papa Francisco en Santa Marta (ANSA).

Parece que está de moda otorgar salvoconductos de amor y desamor al Papa, discriminar en función de, supuestamente y por ejemplo, si citas o no a Francisco.

Incluso hay quienes, adalides otrora de la libertad, la tolerancia a la disidencia, la avanzadilla, la antes heterodoxia hoy mutada de la peor ortodoxia de lo suyo, se permiten el lujo de decir qué obispos españoles, qué realidades de Iglesia, son los y las que siguen al Papa y quiénes no.

Como quien esto escribe es consciente de que no ha escrito una sola línea contra el Papa Francisco, por mucho que algunos cansinamente digan lo contrario, voy a intentar dibujar algunas líneas sobre este tema. Trazos que me parecen obligados ante este complejo momento de la Iglesia. 

Lo primero que tendría que decir es que, en lo que a mí respecta, el Papa no se toca. Y punto. “Cum Petro et sub Petro”. Pensar que yo no quiero al Papa es tan absurdo como imaginar que vivo en un harén. Como escribió Melchor Cano en “De locis theologicis”: “Pedro no necesita nuestras mentiras y adulaciones”.

Que conste que creo que hay que distinguir, en primer lugar, entre lo que el Papa Francisco hace y dice y lo que dicen y hacen los que se autocalifican como intérpretes. Leo todos los días lo que dice el Papa, sobre todo las magníficas homilías de Santa Marta, que son un alimento espiritual. Sigo su magisterio y creo que tengo una de las más abundantes bibliotecas personales sobre el pontificado del Papa Francisco.

No me creo todo lo que le atribuyen al Papa, como tampoco me creía lo todo lo que le atribuían a Juan Pablo II, ni a Benedicto XVI. Sobre las decisiones acerca de personas, unas me pueden parecer más acertadas que otras.

Anda, que Juan Pablo II tenía, a veces, una vista para algunos nombramientos como para pensar que el Papa no se puede equivocar en determinadas decisiones. Y tengo claro que el Papa actúa no pocas veces con la información que tiene. Por lo tanto, la clave es la información y los informantes. Ocurre lo mismo con quien tiene cualquier responsabilidad de gobierno. 

Esto no tiene nada que ver con el debate, el disenso e incluso la heterodoxia teológica. Ya me gustaría que los términos de esta cuestión se hicieran, por ejemplo, como lo plantearon los libros, que yo sí he leído, por citar un par de ellos, “La reforma del Papado” de John R. Quinn, o “La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico” de J. I. González Faus. Textos por cierto que no recomiendo que los lectores dediquen ya ni un minuto.

No me preocupa por tanto la reflexión sobre el ejercicio del ministerio de Pedro, en línea con el texto “El primado del sucesor de Pedro en el ministerio de la Iglesia”.

Me preocupa quienes utilizan, instrumentalizan al Papa, para sus obsesiones internas y externas, que es una nueva forma, en apariencia, de ser más papistas que el Papa, muy lejos de la expresión de amor al Papa. Los enfrentamientos ideológicos, que paralizan la vida y la misión de la Iglesia, se deben superar. Describir no es prescribir, ni legitimar. Quien no entienda esto, ya sabe. ¡Basta ya de personalismos y de personalizar!

Volvamos a la reforma del Papa Francisco. Como también a la de la vida cristiana, el permanente “nuevo inicio”, “nuevo comienzo”. Nunca pensé que Dios tuviera unos archivos repletos de facturas. Lo que me sorprende es que haya quienes dicen seguirle y son especialistas en archivística.

                        

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