Opinión

¿Y ahora obispos nacionalistas?

Joan Planellas i Barnosell
photo_camera Joan Planellas i Barnosell

Este pasado dos de mayo, el Papa Francisco dirigía al Plenario de la Academia de Ciencias Sociales del Vaticano un discurso en el que abordaba también la cuestión del nacionalismo.

Decía el Papa que “la Iglesia siempre ha exhortado al amor del propio pueblo, de la patria, a respetar el tesoro de las diversas expresiones culturales, de  usos y costumbres, y del justo modo de vivir enraizados en los pueblos. Al mismo tiempo, la Iglesia ha advertido a las personas, a los pueblos y a los gobiernos de las desviaciones de este apego cuando deriva en exclusión y odio hacia los demás, cuando se convierte en un nacionalismo conflictual que levanta barreras, también  de racismo o  antisemitismo”. Y añadía que la Iglesia observa con preocupación un nacionalismo que “descuida el bien común”.

No habían pasado cuarenta y ocho horas cuando se hacía público el nombramiento del nuevo arzobispo de Tarragona, el sacerdote de Gerona Joan Planellas, quien, por cierto, en su saludo a la Iglesia en Tarragona utilizaba el concepto de “Iglesia catalana”.

Las alarmas se han disparado con este nombramiento, del que se ha dicho, incluso, que supondría una intromisión del Papa en el proceso político en el que está inmerso Cataluña. Es cierto que el recién nombrado, que puede ser nacionalista aunque no es lo mismo que ser independentista, en declaraciones a los medios ha aclarado que quien le conoce no puede decir que sea una persona que excluya.

El caso ha saltado a los medios amplificado por el hecho de que el nuevo arzobispo, en su pueblo de Jafre, colocó una estelada “porque se lo había pedido el pueblo”. Actuación que provocó la reacción de un vecino comprometido con la lucha contra el independentismo, el cómico Albert Boadella.

Sorprende que a la hora de este nombramiento, o no se haya tenido investigado bien a la persona, no se haya tenido en cuenta lo que se publica de las personas en Internet y permanece accesible a todos, o se haya sabido y se haya obviado asumiendo el conflicto que previsiblemente se iba a crear.

Es cierto que el nuevo arzobispo, en la serie de sus primeras declaraciones, se ha esforzado en hacer entender que va a ser obispo de todos. Pero la sospecha ya está sobre la mesa. Hasta el punto de que se ha lanzado una campaña contra la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta muy agresiva en redes sociales, y muy seguida por destacadas personalidades de la política.

Está claro que no es justo juzgar este nombramiento por este clima que se ha creado. Pero lo que no va a ser posible es que ya no se tenga en cuenta este aspecto, incluso para la percepción de las palabras y las acciones del nuevo arzobispo de Tarragona.

Pero la clave, una vez más, es si con este nombramiento de un perfil  nacionalista –la imagen como constructo social- supone cambio en la política vaticana de nombramiento de obispos en Cataluña y el País Vasco. Máxime si tenemos en cuenta el antecedente reciente del País Vasco.    

Pero la cuestión no solo es si el obispo tiene un amor ordenado o no a su patria, a la tierra de sus ancestros, a su cultura. La cuestión es si va a ser obispo de todos y qué piensa de los efectos ya comprobados por la historia de cierta comprensión y práctica del nacionalismo eclesial que ha dejado vacíos los seminarios y ha contribuido a la secularización de las mentes en la media en que se ha convertido en una religión de sustitución.

Al menos en España, lo que ha creado el nacionalismo eclesial no es precisamente una Iglesia viva, activa, en salida, misionera, católica, universal integradora. Todo lo contrario. El nacionalismo eclesial ha cerrado más el círculo de la auto-referencialidad y ha generado muros, no puentes. La Iglesia nacionalista e el ejemplo de una Iglesia endogámica.

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