Opinión

Una Declaración de Fe

El cardenal Müller con el Papa Francisco.
photo_camera El cardenal Müller con el Papa Francisco.

Mucho se está escribiendo estos días sobre la Declaración de Fe del card. Müller, anterior prefecto de la Congregación para la Fe.

“Ante la creciente confusión en la enseñanza de la doctrina de la fe, muchos obispos, sacerdotes, religioso y laicos de la Iglesia Católica, me han pedido dar testimonio público de la verdad de la Revelación. Es tarea de los pastores guiar a los que se le han confiado por el camino de la salvación (…) Hoy en día muchos cristianos ya no son conscientes ni siquiera de las enseñanzas básicas de la fe, `por lo que existe un peligro creciente de apartarse del camino que lleva a la vida eterna”.

Con estas palabras, Müller introduce una declaración de Fe fundamentada en diferentes puntos del Catecismo de la Iglesia Católica, que señalan esas “enseñanzas básicas” que forman parte de lo que un cristiano Cree.

Müller reafirma la fe en las siguientes verdades fundamentales: Dios, Uno y Trino. Revelado en Jesucristo. La Iglesia, fundada por Jesucristo “como signo visible e instrumento de salvación, que subsiste en la Iglesia Católica, y a través de ella “la obra de la redención de Cristo se hace presente en el tiempo y en el espacio en la celebración de los santos sacramento, especialmente en el sacrificio eucarístico, la Santa Misa”. El orden sacramental. Y afirma: “La Iglesia en Jesucristo es el sacramento universal de salvación. Ella no se refleja a sí mismo, sino a la luz de Cristo que brilla en su rostro. Esto sucede sólo cuando, no la mayoría ni el espíritu de los tiempos sino la verdad revelada en Jesucristo se convierte en el punto de referencia, porque Cristo ha confiado a la Iglesia católica la plenitud de la gracia y de la verdad. Él mismo está presente en los sacramentos de la Iglesia”.

La ley moral, que es “obra de la sabiduría divina y conduce al hombre a la bienaventuranza prometida”. “Su observancia es necesaria para la salvación de todos los hombres de buena voluntad”, porque “le fe y la vida están inseparablemente unidas, porque la fe sin obras está muerta”. Esto lleva a consecuencias prácticas en la vida de los cristianos, entre las cuales deben mencionarse los que hoy se oscurecen con frecuencia (Catecismo de la Iglesia Católica, cf. 2270-2283; 2350-2381).

La vida eterna. “Cada persona tiene un alma inmortal, que es separada del cuerpo en la muerte, esperando la resurrección de los muertos. La muerte hace definitiva la decisión del hombre a favor o en contra de Dios. Todo el mundo debe comparecer ante el tribunal inmediatamente después de su muerte. O es necesaria una purificación o el hombre llega directamente a la bienaventuranza celestial y puede ver a Dios cara a cara. Existe también la terrible posibilidad de que un ser humano permanezca en contradicción con Dios hasta el final y, al rechazar definitivamente su amor, “condenarse inmediatamente para siempre”.

Antes de la oración final Müller hace una consideración que algún otro cardenal le ha criticado, por hacer alusión directa a la acción del “Anticristo”: “Ocultar estas y otras verdades de fe y enseñar a la gente en consecuencia, es el peor engaño del que el Catecismo advierte enfáticamente. Representa la prueba final de la Iglesia y lleva a la gente a un engaño religioso de mentiras, al “precio de su apostasía de la verdad”; es el engaño del Anticristo. “Él engañará a los que se pierden por toda clase de injusticia, porque se han cerrado al amor de la verdad por la cual debían ser salvados” (2 Tes 2, 10).

Por desgracia, el “anticristo” está ahí desde el principio del cristianismo, como ya señalan muy bien tanto san Pablo como san Juan.

Además de las referencias directas a los sacramentos de la Reconciliación, de la Eucaristía y del Orden sacerdotal, unas palabras sobre los sacramentos del Bautismo y del Matrimonio me parece que habrían completado muy bien el panorama, teniendo en cuenta la banalidad con la que tantos cristianos viven, en la práctica estos sacramentos.

Y termino señalando que esos números del Catecismo a los que Müller se refiere al hablar de la Ley moral, tratan los temas de Castidad y los pecados graves que con la castidad se relacionan; y de los pecados gravísimos contra la vida: el aborto, la eutanasia, el suicido; por desgracia tan silenciados –con alguna excepción cuando se trata del aborto-, en la predicación, y aceptados, o al menos llevados en silencio sin protesta clara, en la vida social.

Müller, sin duda alguna, actúa en conciencia y sabe, como cualquier otro católico con Fe, con Esperanza y con Caridad, que un día rendirá su alma en las manos de Dios, y Dios acoge con los brazos abiertos a quienes en la tierra dan testimonio de la Fe en Cristo, con sus palabras y sus obras.

ernesto. [email protected]

 
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