Opinión

En torno a la Cultura. III

Confesión.
photo_camera Confesión.

El tercer calificativo que se suele aplicar a esa cultura que algunos añoran, y que les parece que la Iglesia debe seguir en su misión evangelizadora, es de “cultura de inclusión”.

Desde sus comienzos la Iglesia no ha excluido nunca a nadie de su evangelización. Ha seguido fielmente el mandato de Cristo: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado” (Mt 28, 19), “Así está escrito: que el Cristo tiene que padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día, y que se predique en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las gentes, comenzando desde Jerusalén” (Lc 24, 46-47).

¿Qué se quiere ahora incluir, que no se haya ya incluido?

En las palabras que el Señor dice a los Apóstoles les indica claramente lo que tienen que hacer: “bautizar”; “guardar todo cuanto os he mandado”, “convertirse para que los pecados le sean perdonados”.

Predicar el Evangelio en todos los ambientes, sin excluir a nadie, recordando que Cristo es “el Camino, la Verdad y la Vida”, y “que nadie va al Padre sino por Mí”. Parece claro que la Iglesia, ahora y siempre, como ha hecho en sus dos mil años de historia, ha de seguir anunciando el Credo en su integridad, y animando a todos los que se acercan a ella a recibir el Bautismo, recibir también la oportuna catequesis, y comenzar a vivir de la Gracia que el Señor les dará en los Sacramentos.

Una vez bautizados, la predicación es clara: “guardar todo cuando os he mandado”. Una indicación muy precisa para vivir los Mandamientos, en su integridad, desde el primero hasta el décimo y, también en este caso, sin tratar de acomodarlos a “un cierto espíritu del tiempo”.

En la predicación, en la acogida de toda la humanidad van incluidos todos los pecadores, sin excepción alguna, invitándoles a arrepentirse de sus pecados; y no para decirles que sus pecados no importan porque Cristo es misericordioso. El diálogo de Cristo con la mujer adúltera es una luz para el diálogo, por ejemplo, que la Iglesia tenga con personas lgtbi de todo tipo que anhelen volver a la práctica de los sacramentos: una vez arrepentidos, la indicación es muy precisa, “no vuelvas a pecar”. 

Haciendo un parangón con “los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada, los tiene guardados en tinieblas con cadenas eternas para el juicio del gran día”, san Judas en su carta, añade: “también Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas que como ellos se entregaron a la fornicación y siguieron un uso antinatural de la carne. Están puestas para escarmiento, sufriendo el castigo de un fuego eterno”.

Y una vez conscientes de su pecado, la Iglesia ha de predicar sin cansancio la necesidad de “convertirse para que los pecados le sean perdonados”. Y perdonará siempre con corazón materno y paterno en el sacramento de la Penitencia, de la Confesión, de la Reconciliación, que son los nombres que recibe el Cuarto Sacramento.

Y así, la Iglesia hablará con una cultura que manifiesta claramente el amor que Dios nos tiene, al que nosotros, de alguna manera tratamos de corresponder siguiendo el mandamiento nuevo que nos dejó Cristo: “amando a Dios sobre todas las cosas y amándonos los unos a los otros como Él nos ha amado”. (continuará).

ernesto.julia@gmail.com

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