Opinión

La sonrisa de un niño abortado

Cartel contra el aborto en Irlanda.
photo_camera Cartel contra el aborto en Irlanda.

En algunos países europeos está vigente una ley que permite inscribir en el Registro Civil a los niños muertos antes de nacer. De esa forma queda reconocida la existencia de una criatura que no ha llegado a asomarse al mundo, con los ojos abiertos, saliendo de las entrañas de su madre.

El Registro deja de esta manera constancia de que ya habían nacido, de que ya eran personas, en el momento de su muerte. Da un certificado del dolor y de la pena de una madre al no poder dar refugio en sus brazos a la
criatura a la que había refugiado en su vientre durante nueve meses.

Ante la noticia de que en uno de esos países, una mujer quiso inscribir en el Registro a un hijo del que había abortado a las 20 semanas de embarazo, me tomo la libertad de entrar en corazón y en la mente de esa
mujer, y escribir estas líneas con su “posible” historia.

Al cabo de un cierto tiempo, el recuerdo de los momentos pasados en la “clínica” abortista angustiaba su corazón y su cabeza. ¿Sería de verdad un montón de células simplemente como le había dicho uno de los
“abortadores”?. ¿Y si fuera de verdad una criatura que se iba desarrollando para poder mirarle un día a los ojos, y sonreírle agradeciéndole que le hubiera dado vida?

Al tener noticia de la existencia de esta ley, se le removieron las entrañas. Y pensó en el momento en el que se hubiera acercado al Registro de su ciudad, con el niño en los brazos. En el Registro queda solamente
constancia de seres humanos vivos y muertos. Seres humanos. El nacer y el morir de un animal, por muy casero que el hombre lo considera, no queda registrado. Tampoco un montón de células sin orden ni concierto. Un persona viva y muerta, sí.

Las facciones del rostro de “su hijo” comenzaron a presentársele, una a una, a los ojos de su mente, de su corazón. ¿De qué color serían los ojos? ¿Nariz chata o un poco aguileña o respingona? Sin duda sería guapísimo, como su madre. Y solo un llanto suave y prolongado, serenó su espíritu. ¿Intentaba o no intentaba inscribirlo en el Registro? ¿Lo reconocerían como un ser humano más? ¿Tenía que declarar que había
abortado? Después de no pocas vacilaciones, se decidió a pedir ayuda y consejo a un abogado.

Tras un detallado examen de la ley el abogado concluyó que la ley no contemplaba la inscripción de un “abortado” como tal. Por tanto, no tenía por qué figurar el hecho del aborto. Todo lo que nace de mujer es ser
humano, con enfermedades o con el mejor estado de salud posible; se desarrolle como se desarrolle y alcance la edad que alcance. Hasta el momento de inscribirlo, con nombres y apellidos y dejar claro que ella era su madre, la mujer tuvo momentos de altos y bajos de su espíritu. Ataques de angustia y ansiedad, que fueron calmándose cuando pudo mantener, por fin, en sus manos la partida de nacimiento de su hijo.

El Registro llenó de vida la memoria de un muerto. La mujer lloró amargamente su pecado; y la niebla de su mente dejó pasar el calor de la sonrisa de la criatura que, desde un rincón del cielo, le llamaba cariñosamente “mamá” y le acercaba la mejilla para que le diera un beso.

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