Opinión

Una segunda mirada al Sínodo

Indígenas peruanos durante la visita del Papa
photo_camera Indígenas peruanos durante la visita del Papa

He querido subrayar en el artículo anterior el sentido de la Evangelización cristiana, que el mismo Cristo encargó a los apóstoles y a los discípulos que vivieron su Pasión, su Cruz, su Resurrección y su Ascensión a los Cielos; y a la vez señalar que esa Evangelización ha llevado a tantos cristianos por
todo el mundo anunciando el venida de Cristo, Dios y hombre verdadero, a la tierra.

Ahora volvemos sobre el tema, que es en realidad el tema central de todo el documento del Sínodo, y paramos la atención en algunas frases que hacen pensar y preguntarse: ¿A qué Cristo se pretende anunciar en la Amazonía? ¿Qué Evangelización se desea vivir?

La primera frase está en el párrafo 51, en el que se lee: “Cristo con la encarnación dejó su prerrogativa de Dios y se hizo hombre en una cultura concreta para identificarse con toda la humanidad. La inculturación es la encarnación del Evangelio en las culturas autóctonas (“lo que no se asume, no se redime”, San Ireneo. cf. Puebla 400) y al mismo tiempo es la introducción de esas culturas en la
vida de la Iglesia”. 

Aclaro enseguida lo que me parece un mal uso del texto de san Ireneo. El santo obispo de Lyon supo muy bien que Cristo redime a los hombres y a las mujeres, criaturas e hijos e hijas de Dios; redime a las personas, no a las culturas, que son pura y simple hechos humanos. Si acaso, los hombres, una vez convertidos cambian la cultura eliminando todo lo que de contrario a Dios haya en ellas.

Los hombres amamos, sufrimos, pecamos y, con la gracia de Dios, nos arrepentimos, pedimos perdón y nos alegramos en Dios. Las culturas existen y las construyen los hombres; unas veces mejor, otras peor. Nada más. Las culturas se agostan en la tierra; y desaparecen. Los seres humanos estamos llamados a la Vida Eterna en Dios y con Dios; que podemos rechazar y decidirnos por la vida eterna en
la soledad total del infierno.

Aparte de la aclaración, lo peor del párrafo es que alguien puede llegar a entender que se presenta a Cristo con una perspectiva puramente humana, y puede dar pie a situarlo entre la pléyade de dioses, diosas y diocesillos amazónicos. En efecto, si uno lee con calma las consideraciones de san Pablo en la carta a los Filipenses se dará cuenta de que Jesús no “dejó su prerrogativa de Dios”, sino que se
anonadó a Sí mismo tomando la forma de siervo, y lógicamente, sin dejar la forma de Dios, de ser Dios. Jesús no tiene una prerrogativa de Dios, como si fuera un añadido a su persona. Cristo es Dios. Cristo vivió, siendo Dios y hombre verdadero, todos los momentos de su vida en la tierra, nunca dejó “ser forma de Dios”.

Otro texto es del apartado n. 48 y se repite exactamente igual en el n. 80, y dice así: “Nuestro servicio pastoral constituye un servicio para la vida plena de los pueblos indígenas, que nos mueve a anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios y a denunciar las situaciones de pecado, estructuras de muerte, violencia e injusticias promoviendo el diálogo intercultural, interreligioso y ecuménico”.

¿Qué es la” vida plena”de los pueblos indígenas? Lógicamente el servicio pastoral de la Iglesia es que la vida de cada ser humano sea plena en Cristo Jesús; y así lo ha vivido, y recordado, siempre a través de los siglos, viviendo en todas las culturas con sacerdotes célibes. ¿Cómo lo ha vivido? Convirtiendo y Bautizando.

Así lo señala el Concilio Vaticano II, en la declaración Ad Gentes, n.13: “Dondequiera que Dios abre la puerta de la palabra para anunciar el misterio de Cristo a todos los hombres, confiada y constantemente hay que anunciar al Dios vivo y a Jesucristo enviado por El para salvar a todos, a fin de que los no cristianos abriéndoles el corazón el Espíritu Santo, creyendo se conviertan libremente al Señor y se unan a El con sinceridad, quien por ser "camino, verdad y vida" satisface todas sus exigencias espirituales, más aún, las colma hasta el infinito”.

En el dialogo entre creyentes de fe diferente, no se puede evitar poner el acento en el camino espiritual hacia la conversión”, como también recuerda el mismo Código de Derecho Canónico, en el que se lee:

“Cuiden de enseñar las verdades de Fe a quienes consideren preparados para recibir el mensaje evangélico, de modo que, pidiéndolo ellos libremente, puedan ser admitidos a la recepción del bautismo”. (art. 787, 2).

De conversión nada se dice en el documento del Sínodo; y apenas aparecen -y cuando lo hacen su sentido puede ser muy general- tres palabras que hacen referencia clara a la Misión que Cristo ha confiado a su Iglesia: salvación, pecado, bautismo.

¿Si la Iglesia no va a la Amazonía a bautizar a paganos libremente convertidos, a qué va? ¿Cual es el sentido de esa evangelización? (continuará).

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