Opinión

Sarah: un hombre de Cristo

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“Muchos cristianos sienten repugnancia a testimoniar la Fe o a llevar la luz al mundo. Nuestra Fe es tibia, como un recuerdo que, poco a poco, se difumina. Se convierte en una bruma fría. Y entonces ya no nos atrevemos a afirmar que ella es la única luz del mundo. Y, sin embargo, no tenemos que ser testimonios de nosotros mismos, sino que testimoniamos a Dios que ha venido a nuestro
encuentro y se ha revelado”.

El card. Sarah no se anda con palabras a medias, o términos que cada lector pueda entender a su manera, empleando las líneas de “discernimiento” que más le vengan en gana, siempre según su propio “discernimiento”.

“¿Quién se alza hoy en día para anunciar a las ciudades de Occidente la Fe que están esperando? ¿Quién se alza para anunciar el Evangelio a los musulmanes? Buscan la Fe sin saberlo. Se convierten al islam porque Occidente les ofrece, como única religión, la sociedad de consumo, ¡No podemos llamarnos creyentes y vivir, en la práctica, como ateos!”.

Sarah sabe muy bien que musulmanes y judíos; y por supuesto budistas, confucianos, animistas, etc. etc., necesitan conocer a Cristo, y convertirse a Él. Y en su reciente entrevista a la revista francesa “Valeurs actuelles”, lo afirma con claridad: son palabras de un hombre de Dios y de la Iglesia, que es muy consciente de su personal responsabilidad ante Cristo. 

“El mundo espera de la Iglesia una palabra fuerte, la única palabra que da esperanza y confianza, la palabra de la Fe en Dios, la palabra que Jesús nos ha confiado”.

“¿Cómo vivir en un mundo en el que un virus ataca por azar y abate a los inocentes? Sólo hay una respuesta: la certeza de que Dios es amor y que no es indiferente a nuestro sufrimiento. Nuestra vulnerabilidad abre nuestro corazón a Dios e inclina a Dios a ser misericordioso con nosotros”.

La palabra de Dios, el amor de Dios expresado en Cristo Crucificado ha de llegar a todos los rincones de la tierra.

“Los pueblos del Amazonia, como los de África, -(los de Europa Asia, América y Oceanía, añado yo)- necesitan un Cristo crucificado, “escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, verdadero Dios y verdadero hombre, que ha venido para salvar a los hombres marcados por el pecado, dándoles la Vida y reconciliándolos entre ellos y con Dios, haciendo la paz por la Sangre de su Cruz.

El viene a salvar a cada hombre profundamente marcado por el pecado”. Además de esta entrevista, el cardenal ha escrito –gesto valiente- el prólogo de una nueva edición del libro de Luca di Tolve: “Yo fui gay”. Y aprovecha para hablar también con claridad, que en este caso le apoyaría hasta el mismo Freud: “Hay que hacer otra consideración: nada más lejos, en la vivencia del autor, que considerar la homosexualidad como algo innato. Ese es otro engaño que se realiza en detrimento de la libertad humana. No existe prueba científica alguna de una homosexualidad genética, y por eso inconsciente y obligada”.

Y volviendo a la entrevista, cierro estas líneas con las últimas palabras del cardenal.

“El centro de la Iglesia no es la administración vaticana. El centro de la Iglesia está en el corazón de cada hombre que cree en Jesucristo, que reza y adora.

(…) El centro de la Iglesia está, sobre todo, en cada tabernáculo porque Jesús está presente. (…) La iglesia no está para influir en el mundo. La Iglesia repite las palabras de Jesús: “Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18, 37).

Con Cristo, resucita la Verdad, y la misión de la Iglesia es anunciarla y hacer posible que su Luz convierta el mundo. 

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