Opinión

San Francisco y el Sultán

San Francisco y el sultán.
photo_camera San Francisco y el sultán.

En el “capítulo de las esteras” del año 1219, así llamado por las chozas de estera en las que vivían los frailes, san Francisco, apoyado por todos sus seguidores, dio el gran paso de la extensión de la Orden proponiendo el comienzo de la acción evangelizadora en países musulmanes “para “testimoniar la fe con la predicación y con la propia vida, si era necesario”.

Los dos primeros franciscanos que llegaron a Túnez fueron muy mal recibidos, y solo se salvaron “porque los pacíficos comerciantes genoveses y catalanes asentados en aquellas tierras, temiendo por sí mismos y por sus familias, los embarcaron por la fuerza para regresar a Italia”.

Los cinco hermanos enviados a Marruecos no regresaron. El rey de aquellas tierras los decapitó el 16 de enero de 1220. Al enterase de la noticia, san Francisco lloró y, “para no dar la impresión de que enviaba a los suyos a soportar penalidades mientras él se quedaba tranquilo en su tierra, decidió ir más allá que ellos, y se embarcó en Ancona, rumbo a Palestina y a Egipto, donde se desarrollaba la Quinta Cruzada”.

Francisco y fray Iluminado cruzaron la frontera entre los cruzados y las tropas musulmana después de haber rezado el salmo 23: El Señor es mi pastor”, y viendo a lo lejos unas ovejas que pastaban tranquilamente y cuya vista les recordó las palabras de Jesucristo: “Os envío como ovejas en medio de lobos”.

Melek el Kamel, el sultán, les recibió con curiosidad y tratándolos afablemente. Francisco le dejo muy claro desde el principio el motivo de su viaje: “Somos embajadores de nuestro Señor Jesucristo y traemos un mensaje de su parte, para ti y para el pueblo: que creáis en el Evangelio”.

Y luego le dijo que, “por el bien de su alma, estaba dispuesto a demostrarle, en presencia de los sabios de su reino, que su religión era falsa, no con argumentos bíblicos, (pues no creían en las Escrituras), ni racionales (pues la fe está muy por encima de la razón), sino entrando él y sus jefes religiosos en una gran hoguera. Si me quemo –terminó diciendo- atribúyelo a mis pecados, pero si no, será señal de que tu religión es falsa, y tú te harás cristiano y creerás en Cristo, fuerza y sabiduría de Dios y Señor y Salvador de todos”.

Ante la negativa de los jefes religiosos musulmanes no se encendió ninguna hoguera; pero el sultán se quedó admirado de Francisco a quien consideraba “un verdadero cristiano”, y hablaba con toda confianza con él. Los jefes religiosos le recordaron que, según sus leyes, Francisco y fray Iluminado debían morir decapitados. Él tranquilizó a Francisco y le comentó que “esta vez iré contra la ley. No seré yo quien condene a muerte a quien viene a salvar mi alma, a riesgo de su propia vida”.   Dio las oportunas órdenes para que Francisco y su compañero pudieran regresar sanos y salvos a Asís.

Francisco viajó a Egipto con la misma disposición con que los primeros cristianos se lanzaron por todo el mundo romano, predicando con su palabra y con su vida, a Cristo y el mensaje de Salvación que había traído a la tierra. La misma disposición y espíritu con el que hombres y mujeres han surcado todos los caminos del mundo cumpliendo la invitación del Señor: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,19).

Ninguno de ellos, en su misión evangelizadora, hizo la mínima referencia a un diálogo para buscar la verdad y llegar a un consenso que diera pie a una más que curiosa fraternidad universal no asentada en la relación de los hombres con Dios Creador y Padre. Invitaron a todos a arrepentirse de sus pecados, a pedir perdón convirtiéndose de su adoración a falsos dioses y abandonado su vida anterior. Así aprenderían a vivir la caridad con todos, a amarle como Cristo les ama y, apenas sin darse cuenta, abrirían el proceso de llenar de “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”.

Melek el Kamel, el sultán, al despedirse de Francisco, le dijo en secreto: “Rezad a Dios para que se digne manifestarme cuál es la ley y religión que más le agrada”. Se había convencido él mismo que no todas las religiones son iguales, ni todas son Revelación de Dios en Cristo Jesús.

“Son los mismos cronistas de la Cruzada los que dan fe del cambio notable observado en el comportamiento moral del rey. Mateo Paris, por ejemplo, que lloró su muerte como una calamidad para los cristianos, dice que se esperaba de él que recibiese el bautismo”. (Fr. Tomás Gálvez. Fratefrancesco. Org).

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